Hace catorce años, en Viskulí, una aldea perdida en los bosques de Belovezh, al nordeste de Belarús, los por entonces presidentes de Rusia, Borís Ieltsin, de Bielorrusia, Stanislav Shuskévich y de Ucrania, Leonid Kravchuk, firmaban el acta de defunción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Sin pena ni gloria, sin manifestaciones a favor ni en contra, sin conmociones internas, pasaba a mejor vida una de las dos grandes potencias de la época, 22 millones de kilómetros cuadrados, 300 millones de habitantes, más de 20.000 cabezas nucleares, casi 500 millones de toneladas anuales de petróleo, centenares de satélites y estaciones en el espacio cósmico y una deuda externa oculta de casi 150.000 millones de dólares.
Se instauraba el mundo unipolar, "el fin de la historia", la desaparición de las ideologías, la nueva versión de la pax romana . Terminaba de derrumbarse un muro más espeso que el de Berlín. En la redonda cúpula verde del Palacio San Jorge, en el Kremlin, bajaba la bandera roja de la hoz y el martillo y se izaba asombrado el viejo pabellón tricolor de la Rusia décimonónica. Hacía mucho frío y la gente seguía corriendo en busca de talones de abastecimiento, algún pedazo de carne congelada o su cuota mensual de azúcar.
Por todo el mundo damas y caballeros gentiles organizaban comités de ayuda a Rusia. Mac Donalds abría por fin su primer local en pleno centro de Moscú, lo que le costaba la presidencia de la sociedad rusa a manos del vicegobernador moscovita Vladímir Malishkov, el general soviético Yoskar Dudáiev se alzaba en Chechenia contra el Kremlin y las repúblicas bálticas (Estonia, Lituania y Letonia) exterminaban todo vestigio de vínculo con la URSS.
Para completar la imagen plena de descomposición terminal, Borís Ieltsin paseaba por el mundo sus pequeños escándalos de alcohólico y se extendían por el mundo los tentáculos de la "mafia rusa", en realidad un grupo de despiertos ex funcionarios soviéticos que se estaban quedando con todo. Capitaneados por un joven ingeniero economista de San Peterburgo, Anatoli Chubáis, a la sazón titular del poderosísimo Comité del Patrimonio Estatal, se dedicaron a "privatizar" la economía soviética de tal modo que los antiguos "apparátchiki" del partido o del komsomol (Unión de Juventudes Comunistas de la URSS) se convertían rápidamente en banqueros, petroleros o propietarios de grandes inmuebles capitalinos.
Las grandes consultoras norteamericanas se abatieron sobre Moscú, Kíev, Minsk o Ashgabad para "aconsejar" cómo edificar la democracia. Un joven junior de Baker & McKennzie se convirtió en principal asesor del ucraniano Kravchuk. Chevron acordó con el hombre fuerte kazajo, Nursultán Nazarbáev, un plan "humanitario" de 50 millones de dólares a cambio de quedarse con el fabuloso yacimiento de Tenguiz. Dirigía el plan Andréi Kisiliov, gran sanitarista ruso, ex representante soviético en la Cruz Roja, en Ginebra. Price, Andersen o Morgan&Stanley se lanzaron a "auditar" todo el proceso de privatizaciones, con lo que el Bank of New York y el Bank Respublic se convirtieron en los corredores de lavado de los ex funcionarios soviéticos.
Los generales desmovilizados de los países del ex "campo socialista", privados de sus grandes especulaciones y contrabandos, retornaban a Rusia para vender todo lo que podían. Salvo las armas nucleares y sus portadores, demasiados expuestos, vendieron aviones supersónicos, barcos atómicos, submarinos, fusiles, sistemas de detección y hasta sus propias medallas.
La dorada lluvia de divisas convirtió a las grandes ciudades rusas en antros. En Moscú se registraron más de 250 casinos. San Peterburgo, la ex Leningrado, transformó sus palacios en centros despachadores de droga a Europa Occidental. Las cadenas de hoteles en la costa del Mar Negro, antigua propiedad sindical, quedaron en manos de los jerarcas y, correspondientemente, se convirtieron en guaridas veraniegas de los capo-mafias. En el verano europeo del 93, en uno de los hoteles más lujosos de Yalta colombianos, rusos, chechenios, norteamericanos y. afganos de Al Qaeda se repartieron el mundo del narcotráfico.
Mientras el aficionado Carlos Bulgheroni se sentaba a la diestra del omnipotente y omnipresente Saparmurat Turkmenbashí, en la arenosa capital turkmena de Ashgabad, los verdaderos negociados del gas y de los gasoductos hacia el Este y el Oeste del énclave centroasiático con las mayores reservas mundiales del producto, eran tratados por la "Unocal" de Alexandr Haig, Kissinger y Brzezhinski con los auténticos operadores de Turkmenbashí.
Saparmurat es un vívido modelo de esa época de transición. En su vida anterior, como secretario general del partido comunista turkmeno y miembro del buró político del partido comunista soviético, su apellido era Niázov. Tras la debacle, proclamó la independencia, se confesó musulmán ferviente y cambió por Turkmenbashí, "el padre de los turkmenos". Nada ha cambiado, ni siquiera fue necesario apelar al gatopardismo.
Lo mismo, a igual o diferentes escala, ha ocurrido con Islám Karímov en Uzbekistán, con los Alíev en Azerbaidzhan, con Akáiev y Bakáiev en Kirguizia, con Rajmánov en Tadzhikistán, con Rossell en los Urales, con Shaimíev en Tatarstán, con Kuznetsov en Stávropol, con Geráschenko en el Banco Central, con Jodorkovski en IUKOS, con Anatoli Koloss en el Saving Bank.
El fundador de la Unión de Industriales y Empresarios de Rusia fue Anatoli Volski, "instructor" del comité central del PCUS para la industria en la época soviética. Su segundo, Igor Iúrguens, secretario internacional de la "CGT" soviética, se convirtió en su mano derecha y "padrino" de los impetuosos jóvenes del komsomol ávidos de desbancar a la vieja guardia: Mijaíl Jodorkovski, Román Abrámovich, Vladímir Potanin, Alexéi Mordashov, Oleg Deripaska.
La orgía privatizadora, desprovista de toda regla de juego y rigiéndose por la rapiña desembozada, explotó en agosto de 1998. La descapitalización de la economía rusa, la ruptura de los centenares de miles de lazos grandes y mínimos que ligaban a toda la economía soviética en un comjunto coherente, la desenfrenada especulación y el contrabando masivo de productos de primera necesidad terminaron por fracturar lo que quedaba de la sociedad soviética y pusieron un muro de acero al avance de la nueva sociedad capitalista.
Los "gobernantes" ultraliberales que actuaron en esa época, Serguéi Kirienko, Borís Nemtsov o Egor Gaidar terminaron de abrir lo que quedaba para que los "oligarcas" (como se dio en llamar al grupo de inescrupulosos "hombres de negocio" que se apoderó del país bajo el paraguas de "la Familia" ieltsinista) se adueñaran de los principales sectores de la economía: energético, transporte, industria pesada, bancos, construcción, etc.
Hacia finales de 1999, mientras viejas figuras de cuño soviético, como Evguenii Primakov (ex jefe del KGB, canciller y director del órgano central del PCUS "Pravda"), trataban de sostener un precarísimo equilibrio, en las entrañas de las fuerzas de seguridad, de las fuerzas armadas y del KGB mismo se había consolidado la convicción de la necesidad de un cambio profundo.
Pocos meses antes de la finalización del segundo mandato presidencial de Borís Ieltsin -ya con varios bypass en su interior- y a la mejor y más clásica manera soviética, los "silovikí" (como se denominan los miembros de las fuerzas armadas y de seguridad) dieron el golpe. En agosto de 1999 un joven abogado y ex "residente" del KGB en Alemania, Vladímir Vladímirovich Putin, fue instaurado como primer ministro. La carrera de Putin se desarrolló siempre en el marco del servicio de inteligencia: accedía al máximo cargo de gobierno ruso desde sus posiciones de jefe del Servicio Federal de Inteligencia (ex KGB) y de secretario del Consejo de Seguridad de Rusia.
A cambio de esa designación, Ieltsin logró que la Duma (Cámara de Diputados de la Asamblea Federal, cuya segunda cámara, el Consejo de la Federación, es simplemente un refugio de descartados caudillejos regionales) le otorgara un "bill de inmunidad" para toda su familia. La omnipotente hija Tatiana salvaba así su futuro, ligado con el mentor de los "oligarcas" Borís Berezovski, un fantástico matemático que encontró en el racket industrial la fuente de su fortuna. Luego, aliado con los chechenios secesionistas, fue junto con Al Qaeda el financista de la guerra en el Cáucaso. Dueño de petroleras, bancos y medios de difusión, el "bill" le permitió refugiarse tranquilamente en sus mansiones londinenses. Allí, acompañado por su prudente hijo putativo Abramóvich, dedica parte de su tiempo a financiar "revoluciones" en el espacio ex soviético como en Ucrania, Georgia o Kirguizia, o comprar clubes de fútbol como el Corintians y jugadores como Carlos Tévez, próxima figura del Chelsea, con lo que también efectúa pingües negocios.
Putin desde sus épocas de vicealcalde de San Peterburgo ya había armado su propio grupo, integrado por poderosos petroleros y financistas que, en la práctica, se quedaron con toda la "vía norte" europea: los países escandinavos, Alemania e Inglaterra. Sus intereses, obviamente, colisionaron con los de "la Familia". Resistió al nombramiento de primer ministro porque su ambición era la presidencia de Gazprom, el monopolio del gas ruso, que alimenta en un 40% las necesidades energéticas de toda Europa. Los "silovikí" impusieron su decisión y Putin se convirtió, a los 47 años, en el presidente más joven de Rusia. Lo acompañaron sus tres mujeres: su esposa Liudmila, filóloga con buen dominio del español entre otros idiomas, y sus hijas María y Katerina.
No habían transcurrido tres meses cuando Ieltsin sucumbió ante el firme avance de los golpistas. En diciembre de 1999 Putin fue designado presidente provisorio de Rusia. Pocos meses después debían celebrarse las elecciones presidenciales. El 26 de marzo de 2000, Putin fue elegido el segundo presidente constitucional de Rusia. Mandato que renovó por segunda y última vez en 2004.
Comenzó una nueva etapa.
Sus primeros actos fueron de una dureza inusitada para el confuso e incipiente caldo político ruso. Puso presos a varios "oligarcas", Berezovski debió exiliarse en Londres y Potanin y otros de sus pares "marcharon a Canossa" cubriéndose la cabeza con cenizas, es decir saldando sus exorbitantes deudas con el fisco. Ellos recibieron la bendición del nuevo régimen. Otros, como el media-magnate Vladímir Gusinski o el ex instructor del komsomol Mijaíl Jodorkovski, comenzaron el arduo camino de la desintegración.
Los primeros tiempos de la presidencia de Putin deben considerarse como "ordenancistas". Era la época en que se definía el criterio de "democracia controlada" como forma de organización de la sociedad. En realidad, bajo el respeto formal de las instituciones y normas democráticas de convivencia, el Estado consolidaba un poder omnívoro sobre personas y bienes. Pero había sido tal el descontrol y la arbitrariedad en los actos de gobierno que la población recibió con beneplácito al nuevo presidente.
En poco tiempo su imagen absolutamente anti-carismática se convirtió en popular. Si Mijaíl Gorbachov aparecía como un brillante estadista extrañado del pueblo y Borís Ieltsin se identificaba con el populacho, Vladímir Putin reflejó los imperantes anhelos de una clase media que surgía con ímpetu al calor de los petrodólares y que pugnaba por apoderarse del verdadero poder. A seis años de su encumbramiento, Putin sigue concentrando el gran respaldo popular y la aprobación de sus actos de gobierno no bajan de un promedio del 65% de la opinión pública rusa.
Sostenido por los "silovikí" y su grupo de Píter (así se llama familiarmente a San Peterburgo), Putin reordenó a fondo toda la gestión de Estado. A partir de entonces y sobre esa base se fue conformando la concepción del estado autocrático, centralizado y fuerte, con gran incidencia en el campo económico y con total hegemonía en el terreno social y político. Hechos que confirman esta concepción:
La Administración Presidencial, que hasta entonces se asemejaba a una oficina administrativa de los actos del presidente, se convirtió en un verdadero gobierno supra-gubernamental. Este organismo, con miles de empleados, cubre con sus departamentos todas las áreas de gobierno y, en realidad, además de supervisar los actos oficiales, los genera. Si bien en los primeros tiempos el titular de la Administración Presidencial era una herencia de "la Familia", un par de años después el cargo lo ocupó su "delfín" peterburgués Dmitri Medvédev, quien liquidó todo vestigio de anteriores gestiones.
Al frente del gobierno fue colocado un equipo de tecnócratas "apolíticos" de alta perfomance, encabezados por Mijaíl Kasiánov, el que le aseguró años de tranquilidad económica y estabilidad financiera con un mix de esquema liberal y control estatista. El ministro de Desarrollo Económico, Guerman Gref, un descollante economista neoliberal, recibió el encargo de reactivar las producciones industriales, escandalosamente caídas durante las dos presidencias Ieltsin. En cuanto al equipo gobernante se le antojó ser una identidad política autónoma, fue descabezado y designado otro totalmente subordinado a las decisiones presidenciales.
Los principales miembros del equipo de Putin, conservando sus posiciones en la Administración Presidencial, fueron designados al frente de los llamados "monopolios naturales" energéticos o de transporte: Gazprom, Rosneft, Ferrocarriles Rusos SA, Transneft, etc. Anatoli Chubáis, al frente de la generadora nacional de electricidad EES Rossía, se alineó totalmente con el Kremlin para no ser expulsado del poder. Las grandes extractoras de petróleo: Lukoil y Surgutneftegaz, quedaron a cargo de hombre de la más absoluta alineación presidencial.
Se jerarquizaron las fuerzas armadas, dotándolas inicialmente del mismo status primordial que tuvieron durante el régimen soviético. Los oficiales rusos, pasado el vendaval de traslados y transiciones que sucedió como consecuencia de la desaparición del Pacto de Varsovia, comenzaron a retornar a sus actividades específicas dejando de lado increíbles escándalos de corrupción de los que quedaron razonablemente exentos los armamentos nucleares. Las relaciones militares internas, que arrastraban de épocas zaristas y socialistas fortísimos vestigios feudales, se asentaron sobre bases contractuales y la miserable utilización de las clases del servicio militar se fue reduciendo a su mínima expresión. En un par de años más, el servicio militar tendrá una duración de un año contra los tres del régimen soviético y. los veinticinco del zarismo. Se instauró el servicio alternativo y las clases de leva no se destinan a las zonas de combate. La reducción y optimización de efectivos ya son fenómenos irreversibles.
En la política regional, en las relaciones del centro federal con los llamados "sujetos de la Federación" (¡89!) se acabaron abruptamente las expresiones de autonomía irrestricta. Desaparecieron seudoformaciones como la "república de los Urales". Se conformaron siete circunscripciones federales regidas por representantes presidenciales directos, virreyes que fueron desplazando sin contemplaciones a los gobernadores regionales. Se fomentó la fusión de sujetos de la Federación, proceso que se encuentra en pleno desarrollo. Los presupuestos regionales fueron confeccionados en dependencia directa del presupuesto federal y de la recaudación impositiva. Se clausuraron posibilidades de conflictos étnicos como los que eventualmente enfrentarían a los musulmanes del Volga medio con la mayoría ortodoxa rusa y se reprimieron sin contemplaciones las "infiltraciones" separatistas de ciertos países bálticos (Finlandia, Noruega, Lituania y Letonia) en regiones norteñas riquísimas en hidrocarburos como Mari-El o Iamalo-nenets.
En el conflicto caucasiano, se adoptó una posición de fuerza y se interrumpieron los escarceos negociadores con los secesionistas chechenios. En tanto que la acción militar era trasladada a fuerzas de seguridad, dejando al margen a las fuerzas armadas y reduciendo al mínimo las bajas rusas, la acción política -comandada desde Moscú, naturalmente- fue dejada en manos de los chechenios aliados del Kremlin. Con ello, se logró instaurar comodines que, en el caso de muerte o reemplazo, son sustituidos por otros similares. Moscú dejó de desgastarse en intervenciones directas y los secesionistas debieron acentuar el terror y terminaron aislados de una población harta de diez años de matanzas y caos indiscriminados. Al mismo tiempo, quedaron en descubierto los lazos internacionales de los terroristas con Al Quaeda, ciertos sectores de la Unión Europea interesados en el libre tránsito de hidrocarburos por el sur continental, y estados fronterizos como Georgia, presidida por un egresado de Harvard como Misha Saakashvili, anhelante de pertenecer a Occidente.
En materia internacional, el Kremlin despidió a los diplomáticos de "la Familia" y retomó un difícil camino de jerarquización de sus posiciones. Recuperó la astucia que caracterizó al antiguo imperio, acaballado entre Europa y Asia y pese a las difíciles condiciones planteadas por el expansionismo de la OTAN hacia el oriente europeo y a la teoría unipolar de Washington, logró alianzas de alto poder estratégico que le permitieron fracturar hegemonías y crear nuevos bloques. La posición franco-germano-rusa contraria a la invasión a Irak, las asociaciones defensivas con China, la India, Irán y las ex repúblicas soviéticas del Asia Central, o el incipiente pero incisivo desembarco en países latinoamericanos como Venezuela, Brasil o Chile han sido consecuencia directa del replanteo de la política exterior rusa.
Nada de esto hubiese sido posible si el equipo de Putin hubiese valorado erróneamente la situación económica tras la brutal crisis de agosto del 98. La rapidísima recuperación que tuvo lugar inmediatamente después que Vladímir Vladímirovich asumiera el poder se basó en efecto en la correcta ponderación del cuadro económico heredado. Anarquía total productiva, absurdas arbitrariedades en las relaciones de mercado, irreflexiva y parcializada política económica internacional, abusivo ejercicio del poder en beneficio del grupo gobernante. Estas condiciones fueron liquidadas de raíz utilizando métodos absolutamente autoritarios. Se partió de una severísima reforma fiscal que obligó a derivar al Tesoro ingentes recursos que se transferían indiscriminadamente al exterior. Se gravó en forma creciente la exportación de hidrocarburos. Se otorgaron regímenes preferenciales al incremento de sectores de alta tecnología y se liberó por completo la apertura para sectores políticamente neurálgicos como alimentos y construcción.
Los evasores fueron reprimidos brutalmente bien con el exilio y la confiscación, como en el caso del mediático Gusinski, o bien con la cárcel, como el petrolero Jodorkovski. Cabe señalar aquí, para evitar nuevas confusiones de indignados liberales, que la deuda fiscal de la petrolera IUKOS -en su momento la principal empresa petrolera rusa- alcanzó los 23.000 millones de dólares. No es propósito de este análisis abundar en cifras y datos estadísticos. En la actualidad, todos ellos están a disposición de quien quiera enterarse, en los correspondientes sitios de internet y en idiomas accesibles para todos.
El gobierno de Putin definió las direcciones fundamentales de desarrollo económico y de estabilidad financiera, que permitieron crecer a la economía rusa ininterrumpidamente a lo largo de estos últimos seis años con un promedio superior al 6% del PIB. Estableció la exportación de hidrocarburos como recurso básico para alimentar el presupuesto y confeccionó un presupuesto basado en un precio comprimido de ese recurso. Con los gruesos excedentes así generados por la cotización en permanente auge del crudo y del gas, se conformó un Fondo Estabilizador que al día de hoy supera los 50.000 millones de dólares, se acumularon reservas-oro superiores a los 160.000 millones de dólares y se saldaron las deudas pendientes con el FMI y el Club de París. La actual deuda externa, de unos 120.000 millones de dólares, está reestructurada y en lo fundamental se encuentra ubicada en el sector privado, severamente controlado por la autoridad financiera.
Por la acción constante de todos estos factores, Rusia dejó de expatriar capitales y ahora es receptora de numerosos fondos compuestos por esos mismos capitales rusos expatriados en otras épocas. Una ley de bancos que sólo permite la gestión bancaria internacional como sociedades nacionales, ha hecho posible controles más que estrictos en la fuga y en el blanqueo de fondos "non sanctos".
La consolidación de un sistema autocrático de gobierno, con signos formales de democracia, permitió a su vez consolidar esas direcciones en la economía. La exterminación de los clanes feudales locales, la liquidación de "oligarcas" insubordinados, la centralización de las decisiones políticas y económicas fueron las principales herramientas para imponer las reglas de juego. De modo tal que el Kremlin hoy maneja en verdad el negocio de los hidrocarburos, los metales livianos, los diamantes, el oro, las armas y, en un ritmo creciente, la exportación de cereales (retornando a las tradicionales exportaciones de granos que existieron hasta finales de la década del 20 del siglo pasado).
Esto permitió volcar ingentes recursos materiales a sectores que casi habían desaparecido durante el ieltsinismo. En primerísimo lugar se reactivó el complejo militar-industrial. Los encargos estatales para el sector vienen creciendo año tras año a un ritmo superior al 6-7% y se manifiestan en nuevas generaciones de armamento que vuelven a evidenciar significativos adelantos con respecto a los desarrollos de otras potencias. Misiles portadores múltiples, aviones de quinta generación, submarinos, rompehielos y navíos portaaviones nucleares, nuevos modelos de tanques y armamento liviano, son parte de un arsenal ya comprado por el Estado para sus fuerzas armadas.
Aquí amerita un pequeño paréntesis. Las nuevas tecnologías de armamentos, pruebas sofisticadas del avance tecnológico ruso, son simplemente transferencias y concreciones de investigaciones hechas durante el régimen soviético, que dedicaba hasta el 80% de la economía a la esfera militar. La URSS logró grandes adelantos en materia tecnológica, que no pudieron ser plasmados en la práctica debido a la quiebra del régimen, pero todas estas investigaciones fueron prolijamente desempolvadas y puestas a funcionar ahora. Ha sido un craso error suponer que Rusia carecía de esas tecnologías. Uno de los grandes actos de la presidencia de Putin ha sido evaluar correctamente esta situación y, con recursos propios, proceder a la financiación de su producción.
En segundo lugar, el gobierno liquidó con celeridad los grandes atrasos en el pago de salarios y otras prebendas sociales. Pese a los procesos de privatización registrados durante el ieltsinismo, éste no tocó los enormes sectores estatales, absolutamente deficitarios y para nada deseados por los privatizadores. Maestros, mineros, militares, científicos, ferroviarios, colectiveros, médicos, profesionales de la ciudad y del campo, decenas de millones de asalariados dejaron de percibir sus sueldos durante meses y a veces años. La conflictividad social, sobre todo en provincias, era suprema. En algunos lados, como en las cuencas mineras, llegaba a situaciones de sangrienta represión. Además de normalizar los pagos, se implementaron importantes programas sociales, desde previsión hasta educación o deportes. Se incrementó la construcción de viviendas sociales, se aumentaron las pensiones y las jubilaciones y se revaloró el trabajo de científicos y profesionales (docentes, médicos, etc.).
En tercer lugar, los incrementos salariales, la normalización del pago de sueldos, los aumentos a jubilados y pensionados, los distintos programas sociales permitieron iniciar un lento y cuidadoso proceso de quita de subsidios "soviéticos" que todavía hoy siguen lacerando el normal planeamiento en la distribución de recursos. Esto atañe fundamentalmente a las tarifas de los servicios públicos y a la modalidad de sus prestaciones, a los pagos por alquiler o tenencia de la vivienda, así como a otros beneficios graciables para distintos sectores de la población o regiones geográficas.
El retiro de Rusia de todas las instancias de "ayuda solidaria", la imposición de métodos transparentes en el manejo financiero, la definición de reglas de juego muy claras para la inversión extranjera, con actores y factores identificables y sostenidos inclusive para la corrupción, conformaron la base desde donde el Kremlin ha estructurado una política exterior que reivindica su condición de gran potencia, destruye todo vestigio de unipolaridad y nos atañe a los argentinos y, por extensión, a los sudamericanos, como alternativa válida de mercado.
Hoy y en el futuro será imposible pensar en una política exterior soberana si no tenemos en cuenta estos hechos específicos. La confirmación del papel de Rusia en el plano internacional y la incidencia de este hecho en la conducta de nuestro país será materia de una próxima entrega de este análisis. |