El peronismo ha sufrido distintas crisis internas a través del tiempo. Pero hoy importa analizar el carácter y alcance de la ocurrida desde comienzos de la presente década. En 2003 el peronismo fue a elecciones presidenciales con tres candidatos que representaban otras tantas fracciones. Son las mismas que se mantienen hasta hoy, a pesar de eventuales componendas tácticas, junto a la aparición de una cuarta, la del gobierno nacional, surgida en los últimos dos años a expensas de las otras. También se agregan algunas expresiones provinciales con cierto margen propio.
Todas estas fracciones cuentan con apoyos no peronistas y se refuerzan con alianzas hacia fuera. Algún tipo de transversalidad es práctica común, aunque cobra más importancia en el 'peronismo oficialista'. En los hechos estas fracciones, al crear distintas expresiones electorales, aumentan el caudal de votos del peronismo en conjunto. También aumenta su margen de acción hacia distintos sectores sociales y corporaciones, hasta llevar a la oposición política a su límite de crecimiento.
Pero, por otra parte, el peronismo se debilita en su unidad, organicidad e identidad. El PJ en sus estructuras nacionales y provinciales y lo que se consideraba 'ramas del Movimiento' se van segmentando o reduciendo a expresiones vacías mientras las fracciones asumen perfiles marcados e identidades con posible permanencia.
Frente a eso cabe la pregunta: ¿Las fracciones levantan distintos proyectos ideológicos y programáticos o en cambio manipulan proyectos de poder personal, familiar y de grupo?
Algunos divulgadores sostienen, con más deseos que objetividad, que se trata de una puja entre un peronismo conservador y un peronismo progresista. Algo así como el liberalismo o socialcristianismo europeos, por un lado, y la socialdemocracia, también europea, por otro.
O entre tendencias de derecha versus tendencias de izquierda, etcétera.
En este caso vale la máxima peronista "la única verdad es la realidad". ¿Dónde están los valores y programas que estas fracciones proponen? Solamente se logra encontrar en sus discursos frases escasas de sentido y descalificaciones de los hasta ayer 'compañeros'.
Es este el marco moral en el que el peronismo se está rompiendo y su doctrina, su deber ser, reduciéndose a una instancia de apelación oportunista. Las fracciones, pasando ya a ser facciones , dependerán así de caudillajes políticos con anclajes geográficos que pasados los comicios tejerán alianzas de provecho o bien acordarán treguas con el gobierno nacional.
Un desmembramiento así, de la mayor expresión política del pueblo argentino, no podrá ocurrir sin fuertes consecuencias institucionales y sociales, las cuales ya se han hecho, en cierta medida, presentes en los últimos años. Estos hechos pueden en si mismos ser parte de un proceso histórico hacia otras formas de organización política, no involucrando sólo al peronismo sino a todas las fuerzas políticas. Y aún más, confiando en la conciencia democrática e inteligencia política de nuestro pueblo, el resultante final hasta llegará a contener dimensiones superadoras de la hora actual.
Sin embargo, en el corto plazo pueden aparecer consecuencias lamentables. Estas se avizoran a partir de dos debilitamientos que parecen inevitables en este contexto político, a saber: Una enorme pérdida de la calidad institucional de la 'cosa pública' y el empeoramiento de la ya hoy limitada capacidad de gestión del gobierno nacional.
El debilitamiento institucional tiene su causa inmediata en una dirigencia política cuyo objetivo principal es la permanencia de sus miembros, sus familias y sus facciones, con las correspondientes porciones de poder prebendario.Estas marañas de poder se sostienen sobre una recortada y acotada participación social con base en la distribución de dádivas, muchas veces enmascaradas en planes sociales. La sostenidamente extrema desigualdad social, que se expande sin retorno sobre nuestro país, es una condición necesaria a este esquema de poder.
Las provincias constituyen otro nivel de manipulación de los recursos por vía discrecional. Se incumple la disposición constitucional que estableció legislar un nuevo régimen de coparticipación. El presupuesto nacional está supeditado a las facultades excepcionales del poder ejecutivo, del cual el poder legislativo es apenas un apéndice. Los medios de difusión se subordinan al reparto de recursos y la opinión independiente no recupera sus espacios. Los decretos de necesidad y urgencia se multiplicaron. Y seguiría la lista...
En este contexto, el poder electoral de la ciudadanía se ignora o se diluye sin pena ni gloria. Lamentablemente, la presente tendencia hace suponer un deterioro institucional creciente.
La gestión de gobierno se encuentra estancada o puesta en función de las metas electorales. La frecuencia de periodos electorales y la duración de los cargos establecidos en la reforma constitucional 'fruto del pacto de Olivos' favorecieron estas formas de subordinación. Asimismo, la falta de proyecto, planificación estratégica y políticas nacionales con las que ha transcurrido la mitad del periodo presidencial, culmina en la postergación de toda reforma necesaria para revertir la falta de trabajo digno y la injusta redistribución social de los recursos en crecimiento.
Esta falta de gestión no puede entenderse sin tener en cuenta el desaprovechamiento que se hace de las capacidades individuales y grupales, que quedan descartadas de todo aporte como consecuencia del creciente sectarismo y la preeminencia de las facciones internas. Lo lamentable es que esto ocurre en una década que muestra un marcado crecimiento de las instituciones intermedias y de base de la sociedad y del interés popular en participar de ellas. Estos fenómenos tan positivos no pueden ser capitalizados como deberían a causa del deterioro que producen las prácticas señaladas sobre el funcionamiento institucional.
Los partidos se descolocan de su rol político sin que haya ningún vehículo de reemplazo.
Desde el 2003 el crecimiento del PBI, del superávit fiscal y de la balanza comercial han sido los datos que explican la manera en que las demandas insatisfechas y la segmentación social convivan con la precariedad institucional y política con la que vamos transcurriendo este 'año electoral'. Pero la pregunta que está preocupando cada vez mas a todos los sectores es qué va a pasar con este ajustado equilibro social si el macroeconómico no se sostiene. ¿Que ocurriría si la vulnerabilidad de la economía argentina en combinación con factores externos comenzaran a introducir los datos de una nueva crisis?
Un panorama de desequilibrios socioeconómicos sólo podría ser enfrentado con un gobierno con suficiente capacidad de gestión, consenso y unidad partidaria y sólidos acuerdos participativos. Si se dan nuevas situaciones críticas junto con el debilitamiento institucional y de gestión que hoy se evidencian, cabe esperar consecuencias marcadamente negativas, entre las que se encuentren la exacerbación de las tendencias sectarias y autocráticas de gobierno, por una parte, y un mayor y abierto alineamiento con sectores de poder económico que puedan suponer una compensación a la pérdida de legitimidad política, por la otra.
Es notable que, de darse este nuevo escenario, el mismo estaría coincidiendo con la siguiente meta que la dirigencia política tendrá luego de octubre de 2005, o sea, las elecciones de 2007. Pero tal vez para ese momento, los márgenes de supervivencia de las malas prácticas políticas actuales serán mucho más estrechos.
El Foro de Discusión de nuestra revista sobre este tema sirvió para alimentar, desde su diversidad, muchas de las reflexiones de este artículo. Estos apuntes expresan pareceres comunes de muchos compañeros aunque no persiguen ninguna forzada unanimidad.
Creemos necesaria una constructiva discusión y en ese sentido todas las opiniones son, no sólo aceptables, sino francamente necesarias para crecer.
Solamente falta decir que estas reflexiones no deben ser vistas como pesimistas, sino todo lo contrario. Pensamos que el peronismo sigue siendo la expresión más fuerte y valedera de la voluntad de avance del pueblo argentino. Creemos que la unidad resurgirá, pero sin dirigentes mediocres, mesiánicos y corruptos, para entonces sí participar de una nueva etapa de profunda transformación nacional, con independencia, justicia y soberanía.