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Gobernabilidad: Su uso en la política de la Argentina reciente
Por Martín Raimundo y  Fernando Marín

El concepto de gobernabilidad proviene de la tradición anglosajona, lo que ya nos aporta  un indicador acerca  de su uso en las ciencias políticas, dando cuenta de la tendencia de esta escuela de generar en forma explicita o no, índices que expliquen las tendencias y dinámicas que subyacen en el seno de las sociedades.

Este término es utilizado desde los años '70 y, pese a eso, aún no hay acuerdo sobre su significado, variando sustancialmente según el contexto en que se lo utilice 1 

Para el análisis de los discursos políticos es importante diferenciar los distintos escenarios en los cuales este concepto emerge, a fin de establecer que es lo que se está demandando en cada situación.

En los años '90 apareció con fuerza desde el discurso presidencial, con un claro objetivo, señalar la diferencia entre  lo realizado por su gestión y las demandas que surgían desde los sectores que resistían los cambios que se trataban de imponer. Es importante recordar el marco de ese debate y entender así la utilidad del concepto para el discurso de esa época. El eje se situaba en el pasado reciente en donde los saqueos y la hiperinflación habían tenido un fuerte efecto diciplinador, tanto para la población que padeció sus efectos, como para los gobernantes que encontraron en el fin del gobierno de Raúl Alfonsin un leading case.

Las corporaciones beneficiarias de los procesos de concentración y diversificación que se  forjaron durante la última dictadura militar, se habian convertido en los  voceros de  los intereses del mercado ante las ambiciones de cambio de la política, dejando claro que cualquier intento de soberanía política iba a ser contrarestado por los autodenominados “capitanes de la industria”, que no eran más que los representantes de la “patria contratista”, como le gustaba denominarlos el presidente de esa etapa. 

La lección resultante fue que los límites de la acción transformadora de la política eran por demás cercanos, fenómeno que se había puesto de manifiesto con el levantamiento carapintada de Semana Santa, en donde la naciente democracia tuvo que rendir un triste examen ante otro grupo de presión corporativa que ejercía su poder, que aunque residual no dejaba de dar señales. En el mismo sentido, tanto los beneficiarios y financiadores del autodenominado proceso de reorganización nacional, junto a su mano de obra contribuían a marcar los límites de los avances democráticos, como el juicio a los represores y la voluntad de controlar las principales variables de la economía.

En  este marco, asume el presidente Carlos Menem con un discurso basado en su capacidad de liderazgo, que se sintetizaba en frases como “aquí hay que aplicar cirugía mayor sin anestesia” u otras que constituirían su estilo de gobierno y en donde va a aparecer el concepto de gobernabilidad como manera de definir lo que solo él podía garantizar, la alianza hegemónica con estos sectores amenazantes de las conquistas, para terminar de extraer los beneficios pendientes de la época militar.

El concepto de gobernabilidad cambiará en su utilización; y comenzara a aparecer asimilado en el plano de la opinión pública con el posibilismo, como atributo asociado a la imagen pragmática del entonces presidente. En la primera etapa de la recuperación democrática, la gobernabilidad se asociaba a la posibilidad de la política de actuar en el gobierno sin la presión de las grandes corporaciones, cuando queda demostrada la debilidad del primer gobierno radical para luchar contra las presiones corporativas, el significado del concepto gira en torno a medir las posibilidades de la política de actuar en las reformas profundas que efectuó Menem. Para el gobierno fue además una forma de expresar su capacidad de acción legitima, involucrando al resto de los actores en un debate cuyos ejes imponía.

Ya en tiempos de Fernando De la Rua, en un país en donde el indicador de riesgo país medía las posibilidades de durabilidad en el gobierno, la idea de gobernabilidad reflejaba el tiempo disponible por el gobierno para modificar la situación heredada que se percibía sin salida.

La conclusión a la que arribamos luego de este recorrido muestra la escasa tradición de coexistencia, la construcción de una democracia profunda y duradera requiere del fortalecimiento de la cultura de la tolerancia para posibilitar la reinserción de los actores desfavorecidos por la coyuntura electoral, es llamativo como el sentido común de cada época con su vertiginoso vaiven desaloja en forma cíclica a los actores políticos que no pueden conciliar con la posición imperante, y que luego aparecen redimidos ante el fracaso de la tendencia opuesta, sin mediar en esto un proceso de reflexión, que permita la superación de las antinomias, y posibilitar el crecimiento a partir de la diversidad.

Sería de esperar, que pierdan vigencia, axiomas tales “como la gobernabilidad soy yo”, que es el que impera aún hoy, dando lugar a otro paradigma en donde reine la racionalidad y la tolerancia como política de Estado. Es necesario entonces construir políticas de largo plazo,  que venzan las coyunturas electorales al minimizarse los efectos de la derrota y que se sustente en amplios consensos voluntarios y no forzados por la lógica de la subsistencia política.

El arte de gobernar en países como el nuestro requiere de un gran esfuerzo de imaginación política y capacidad de liderazgo para contrarrestar la ofensiva tecnocrática que aspira a la simple administración de intereses en torno a lo público, en pos de un bienestar común que considera a todos los actores por igual y ocultando la necesidad de generar las condiciones para un cambio necesario e imprescindible.

Ante el ataque a la política es necesaria su jerarquización para contribuir a una nueva gobernabilidad que entienda sobre el combate a la exclusión, aliente los mecanismos participativos y tenga visión estratégica para el mantenimiento de las políticas de desarrollo en el largo plazo. Esto se conseguirá si se corresponsabiliza a todos los miembros de la sociedad sobre la importancia de la construcción democrática y su estabilidad en el largo plazo.    

 


Ver artículo “La cuestión de la gobernabilidad: El desafíode las democracias del Siglo XXI” del Dr. Guillermo Julio Chaves

 

 

 
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