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El futuro de la situación social
Por Juan C. Sánchez Arnau

El futuro de la situación social

Quizás nunca, desde que existen registros estadísticos, nuestro país haya enfrentado una situación social tan grave como la actual. Excepto los momentos agudos, durante la hiperinflación de 1989/90 o inmediatamente después de la devaluación de 2001, no hay antecedentes de niveles tan elevados de pobreza, indigencia y desigualdad social como los de los últimos trimestres. Sin embargo, las mejoras registradas en ciertos índices (desempleo, mortalidad infantil) y especialmente el crecimiento económico, crean una sensación distinta a la que están registrando las cifras del INDEC. Veamos con detalle:

  1. La última encuesta de hogares y personas que se realiza cada semestre en 28/30 grandes centros urbanos del país revela que a fines del segundo semestre de 2004 el 40,2% de la población encuestada estaba bajo la línea de pobreza y el 15% debajo de la línea de indigencia. Si suponemos que la situación en el resto del país fuese igual (lo que implicaría que esos promedios reflejan también la situación del medio rural y de los restantes centros urbanos del país), sobre la base de una población cercana a los 38,5 millones de habitantes, llegaríamos a la conclusión de que cerca de 15,5 millones de argentinos viven en la pobreza y que, de ellos, unos 5,8 millones sobreviven en la indigencia.1
  2. Lógicamente esta situación se presenta con fuertes disparidades regionales: en el noroeste del país (Corrientes, Formosa, Resistencia, Posadas) el 59,2% de las personas relevadas viven bajo la línea de pobreza y el 26,2% bajo la línea de indigencia; en el Noroeste la situación es levemente mejor: dichos índices llegan al 53,4% para la pobreza y al 26,2% para la indigencia. En la región patagónica, en cambio, de la población relevada sólo estaría por debajo de la línea de pobreza el 27,4% y por debajo de la línea de indigencia apenas el 8,9%.
  3. Estas cifras parecen confirmadas por la información difundida por el mismo INDEC sobre distribución del ingreso. De dicha información surgiría que actualmente en nuestro país hay 5,8 millones de personas que perciben, en promedio, $53 al mes (o sea 1,57 diarios) y 5,2 millones que perciben aproximadamente $107 mensuales (o sea 3,55 diarios).
  4. Siempre hablando de las cifras del último trimestre de 2004 sobre distribución del ingreso, si la tomamos por decilos (es decir el total de la población dividido en diez grupo según su nivel de ingreso), podemos dividir –un poco arbitrariamente- a la sociedad argentina de la siguiente forma:
    • una clase de bajos ingresos compuesta por 15,6 millones de personas (40,9% de la población) con un ingreso promedio de $102,13 por mes;
    • una clase media baja compuesta por 11,1 millones de personas (29,2% de la población) con un ingreso promedio mensual de $291,75 mensuales;
    • una clase media alta, compuesta por 9 millones de personas (23,8% de la población) con un ingreso promedio mensual de $597,25; y
    • una clase alta, integrada por unos 2,3 millones de personas (6,2% de la población) con un ingreso mensual promedio de $1.740.
  1. Esto nos da una distancia de 32,8 veces entre el decilo de ingresos más elevado y el de más bajos ingresos, una distancia hasta ahora nunca registrada por las estadísticas argentinas. Estas cifras plantean un claro dibujo de fragmentación de una sociedad que se caracterizó tradicionalmente por la importancia y elevado nivel de ingreso de su clase media, hoy dividida en dos sectores, uno de los cuales se encuentra próximo a los niveles de pobreza, colocando a nada menos que al 70% de la población argentina del lado de los desposeídos.

Ahora bien, ¿cómo ha sido la evolución reciente de la situación social y qué podemos esperar en el futuro? Comencemos por los aspectos positivos. Pobreza y desocupación tienen en las estadísticas argentinas una fuerte correlación: si corregimos la curva de largo plazo (1988-2004) de evolución del número de personas bajo la línea de pobreza aplanándola del impacto de los grandes fenómenos monetarios (la hiperinflación del 89/90 y la devaluación del 2001), encontraremos una marcada similitud con la evolución de la curva que expresa la tasa de desocupación. En consecuencia, no es sorprendente que al bajar desde mayo de 2002 la desocupación, también esté disminuyendo el porcentaje de la población bajo la línea de pobreza.

Sin embargo, aquí hay que hacer algunas aclaraciones. La primera es que la desocupación real es aproximadamente un 4,3% superior a lo que declaran las cifras del INDEC, pues están tomando como población ocupada a aquella que es hoy beneficiaria de los planes Jefas y Jefes de Hogar, que no están cubriendo ningún puesto de trabajo creado por la economía ni tienen obligaciones definidas de contraprestación por el ingreso que reciben. Esto llevaría la desocupación del último trimestre (primero de 2004) al 16,4% y no al 12,1 relevado por aquella institución. La segunda es que el descenso de la pobreza y más concretamente de la indigencia, descansa sobre un nivel de subsidios sin precedentes, expresado por un gasto público social consolidado del orden de los setenta mil millones de pesos y en un nuevo record de empleo público, con un 21,2% del total de la población empleada dependiendo de los presupuestos federal, provincial o municipal (con máximos del 40,8% de la Población Económicamente Activa –PEA- en La Rioja y 39,5% en Catamarca). Si a esta última cifra le agregamos el número de personas que reciben subsidios estatales (que vimos era de alrededor del 4,3% de la PEA) llegamos a la conclusión de que el 25,5% de la población en condiciones de trabajar depende de los ingresos del erario público, lo que explica, en parte, la elevada presión fiscal actual.

En segundo lugar, los salarios industriales han aumentado en forma sostenida desde marzo de 2003. En ese entonces llegaron a un índice de 79,9 sobre una base 100 en 1993 y crecieron desde entonces hasta llegar a un índice de 112,3 en octubre de 2004. Sin embargo, al mismo tiempo, el empleo “en negro” (siempre según las cifras oficiales) también llegó a un nivel record de 48,9% del total de trabajadores. Este índice no ha cesado de aumentar desde el tercer trimestre de 2001, cuando no llegaba al 35%, en contraste con un promedio de no más del 25% durante la década precedente. Este deterioro del empleo estaría indicando que un número elevado de empresas no tienen la rentabilidad suficiente como para poder mantenerse en el sector formal y que su subsistencia, en las condiciones actuales de la economía, sólo es posible contratando “en negro” y evadiendo el pago de impuestos.

Respecto de la disminución de la pobreza, si comparamos los niveles de ingreso promedio de tres grandes grupos de la sociedad (los no pobres, los pobres no indigentes y los indigentes) entre el segundo semestre de 2003 y el mismo semestre de 2004, podemos observar que el ingreso de los primeros aumentó en un 3,6%; el de los segundos un 5% y el de los terceros un 8,5%. Pero como en ese mismo período la inflación fue del 6,1% podemos llegar a la conclusión de que, con excepción de los indigentes, los otros dos grandes grupos (incluyendo el de los pobres no indigentes) sufrieron una caída en su ingreso real. Situación que podría estar agravándose en el curso de 2004 dado el fuerte incremento que se ha registrado de la tasa de inflación.

Aquella mejora en la situación de los más desposeídos, se explica por la magnitud del gasto social consolidado que se mencionó antes, y que, a través de los planes de lucha contra la pobreza alcanzaron a aproximadamente un millón setecientos mil beneficiarios. Según información del ministerio del ramo, sin esos planes, en el segundo semestre de 2004 el índice de pobreza habría sido del 45,3% (en lugar del 44,3%) y el de indigencia del 19,7% (en lugar del 17%).

Pensando en el largo plazo y teniendo en cuenta la antes comentada correlación entre los índices de pobreza y desempleo, cabe también señalar que en 2004 hubo una creación record de puestos de trabajo (840.000) y que como consecuencia de ello la tasa de desempleo real (es decir sin contar los planes sociales) bajó del 17,5 al 16,4%.

Por otra parte, y éste es otro índice muy preocupante si se confirmara en los próximos trimestres, la desocupación no está cayendo porque aumenten los puestos de trabajo sino porque disminuye la cantidad de personas que buscan trabajo. Así, por ejemplo, frente a 16.000 empleos que fueron creados en el conurbano bonaerense en todo el cuarto trimestre de 2004, el número de personas que se retiraron del mercado laboral, en esa misma área y período, fue de 21.000. Este cuadro se repite, con más o menos la misma intensidad en todos los centros urbanos, con un máximo en la ciudad de Paraná (Entre Ríos) donde el número de empleos creados no llega a la mitad del número de personas que se retiraron del mercado laboral. Esta es la situación inversa a la que conocimos a mediados de los noventa, cuando en medio de un importante proceso de creación de empleo la desocupación aumentó súbitamente (llegando al 18,4% en el cuarto trimestre de 1994). Esto se debió a la pérdida de empleos que originó la recesión causada por el “efecto tequila” pero más aún a la elevada cantidad de personas que salieron a buscar empleo en aquella época. En aquel entonces el fenómeno se explicaba por el aumento del ingreso real que aportaba la estabilidad de precios, la baja de la edad de la entrada al mercado de trabajo por la desaparición del servicio militar obligatorio y razones demográficas, en las que se combinaban el acceso masivo de la mujer al mercado laboral y el coletazo de un “baby-boom” de los años setenta. Hoy, en cambio, con tasas de crecimiento del PNB muy elevadas y con un número importante de nuevos puestos de trabajo, la explicación de este fenómeno parece estar ligado a dos razones: la primera, es la baja calidad del empleo y el bajo nivel del salario en los nuevos puestos de trabajo, hipótesis que estaría confirmada por el aumento del trabajo “en negro” y por la baja de los ingresos reales de los sectores pobres no indigentes. La segunda, sería el desincentivo que generan los planes sociales.

Un último punto a destacar es que si bien la creación de 840.000 puestos de trabajo en un año es una cifra muy importante, al mismo tiempo resulta totalmente insuficiente frente a los niveles de desempleo actuales. Las cifras del INDEC nos dicen que en la Argentina de hoy 6,3 millones de personas están buscando trabajo y que otros 3,8 millones trabajan menos horas de las que quisieran y que desearían trabajar más. Si suponemos que este último grupo está trabajando al 50% de sus posibilidades o deseos, para alcanzar un hipotético pleno empleo (algo que técnicamente no existe), precisaríamos crear 8,2 millones de nuevos puestos de trabajo, es decir casi diez veces más los que se crearon en 2004 con una economía creciendo al 9,5% anual. Un objetivo totalmente fuera de alcance con los actuales niveles de inversión. Más aún, si tenemos en cuenta que en el último trimestre de 2004 mientras la economía creció un 2,7% el empleo solo aumentó un 0,4%, debemos admitir que con la actual estructura de la economía argentina precisamos una tasa de crecimiento del 4,5% anual para que no aumente el desempleo. Y por ende no se agudice todavía más la grave crisis social que sufre el país.


Estadísticamente, la línea de pobreza se define calculando el ingreso necesario de una familia tipo para poder adquirir la llamada Canasta Básica Total, que actualmente tiene un costo de $772,70 mensuales. Mientras que la línea de indigencia está por debajo de un ingreso familiar mensual de $ 354,50 que sería la suma necesaria para adquirir la Canasta Básica Alimentaria que incluiría los requerimientos de calorías y proteínas imprescindibles para que una persona adulta cubra sus necesidades durante un mes.

 

 
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