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Las elecciones porteñas y la crisis de representación
Por Hernán Invernizzi


Desde principios de los años ’80 se habla acerca de una crisis del sistema de representación en nuestro país. Los idea del llamado Tercer Movimiento Histórico, las propuestas sindicales lideradas por el entrañable Germán Abdala (con la creación de la CTA como uno de los ejemplos posibles), el menemismo como forma de uso del voto peronista para sostener de una política económica conservadora de alcance estratégico, la aparición de organizaciones políticas como FREPASO/Frente Grande, el protagonismo transitorio pero de enorme influencia del liberalismo a través de la UCEDE, la formación de la Alianza, el movimiento piquetero... serían algunos de los ejemplos más visibles del proceso de transformación del sistema de representación que funcionó en el país hasta principios de los ‘80.

La crisis de 2001/2002 colocó el problema de la representación en el centro del análisis – posiblemente por las movilizaciones, la represión y la crisis institucional, el proceso de cambio iniciado años antes pasó a llamarse “crisis” y se volvió evidente, inocultable. En las últimas elecciones presidenciales (2003) la distribución del voto ratificó el proceso de reconversión del sistema de representación, que se manifestaba en los hechos políticos cotidianos de diversas maneras.

Recordemos que el menemismo obtuvo el 24% y que López Murphy superó el 16%, que Rodríguez Saa y Elisa Carrió superaron el 14% y que la fórmula Kirchner-Scioli, finalmente ganadora, tenía un poco más del 22%. En esas mismas elecciones, en la Ciudad de Buenos Aires ganó López Murphy con un poco más del 25%, mientras que en el segundo lugar hubo un empate técnico entre la fórmula de Carrió y la del Presidente Kirchner, en alrededor del 19%. Poco después venía Menem con un 16%. Esto ocurrió hace apenas 4 años...

Ese mismo año hubo elecciones en la Ciudad. En la primera vuelta ganó la fórmula Macri-Rodriguez Larreta con el 37%, salió segunda Ibarra-Telerman con el 33% y tercera Zamora-Molina con el 12%. A continuación venía la ex ministra Patricia Bullrich con casi el 10%. Eso también ocurrió hace apenas 4 años.

Se trata de un proceso en curso y que no afecta sólo a los partidos tradicionales de origen popular (léase sobre todo PJ y UCR) y a las diferentes izquierdas, sino también a las fuerzas políticas de ese espacio habitualmente conocido como “la derecha”. Desde la aparición del peronismo en los años ’40 la gran burguesía local no fue capaz de organizar una fuerza política propia y con peso electoral, que funcionara como referencia de sus intereses estratégicos dentro del marco de la democracia constitucional.

Desde entonces optó por los golpes de estado o por usar en su beneficio los votos de los partidos de origen popular, ambos trastornados por sus contradicciones internas. Pero, por un lado, todo parece indicar que en esta etapa histórica han optado por mantenerse en la lucha política dentro de los límites del sistema constitucional. Y por el otro lado, han observado que el uso de los votos de terceros tiene sus ventajas pero también serias limitaciones cuando se trata de sostener proyectos de largo plazo.

El reciente éxito electoral del ingeniero Macri en la Ciudad de Buenos Aires debería ser analizado dentro de ese proceso. Detrás de su triunfo hay un frente político escasamente orgánico que expresa la crisis del sistema de representación a nivel de la reorganización de las fuerzas conservadoras, para lo cual no sólo han aprovechado la confusión general y la estructura de clases de la Ciudad, sino además la capacidad de sus cuadros propios y las limitaciones del llamado “espacio progre” porteño.

El ingeniero Macri y el heterogéneo frente político que lo acompaña ganó una elección muy importante pero no concretó en los hechos políticos algo que “la derecha” busca desde hace décadas y que no tiene, por ahora, existencia orgánica: un “partido conservador popular con votos”. Ese es su objetivo. Las anteriores elecciones presidenciales y locales insinuaron que se trataba de un proyecto factible. Ahora bien, si la elección porteña anterior les demostró que se trataba de un objetivo viable, el éxito reciente los ha colocado en una nueva etapa de su proceso de construcción. Que lo consigan o no, ese ya es otro problema.

Tienen a su favor el control sobre el mejor presupuesto de la Argentina (el presupuesto de la Ciudad de Buenos Aires es, por comparación, el más equilibrado y genuino del país), el gobierno local de mayor exposición mediática, abundancia de cuadros técnicos y una actitud política ambiciosa y pragmática, en el marco de una ciudad en la cual un porcentaje significativo de su sociedad reclama que alguien termine de una buena vez con los problemas que les generan los pobres locales - más los que llegan todos los días desde el Gran Buenos Aires.

Pero sobre todo, tienen a favor su capacidad para analizar la coyuntura sin ninguna clase de prejuicios. Al igual que Bush, el ingeniero Macri no se expresa con el lenguaje sofisticado y florido de los intelectuales pero a veces dice cosas más reveladoras que aquellos. Es cuestión de leerlo. En un reportaje realizado en Clarín el 29 de junio, el periodista le pregunta si cree que para “octubre la mayoría quiere un cambio se signo político”, y el líder de PRO explica:

- “ No sé si cambio de signo. Creo que lo que va creciendo es la insatisfacción. A medida que nos alejamos de la crisis de 2001, que vamos perdiendo los miedos, empezamos a evaluar qué es lo que realmente tenemos. Y no alcanza. Este gobierno es como que no logra despertar la expectativa de un proyecto de largo plazo, de una pacificación interna, alarga demasiado el resentimiento. Hay una especie de pérdida de contacto entre quien maneja el gobierno y la ciudadanía, es como que el Gobierno sigue enojado cuando la gente ya no está tan enojada”.

O dicho de otro modo, que cambió la coyuntura. Una cosa es la actitud de los sectores medios y medios bajos para enfrentar la crisis desatada (cacerolazos, piqueteros, asambleas barriales, patacones, lecops...) y otra cosa la actitud de los mismos sectores cuando “lo peor ya pasó”. O en palabras de Macri: “... vamos perdiendo los miedos”. Ya pasó el miedo al piquete, el miedo a las asambleas, el miedo a las monedas espurias... Ahora, en la nueva coyuntura, hay otros miedos y hay otras expectativas.

En una ciudad cuya estructura productiva fue devastada y en la cual la mayor parte de sus habitantes trabajan en el sector servicios, no puede extrañar que el ingeniero Macri haya acertado al menos en esa observación. De hecho, la tan mentada campaña de marketing electoral estuvo apoyada, precisamente, en ese diagnóstico de situación.

Y aclara a continuación: “... es como que el Gobierno sigue enojado cuando la gente ya no está tan enojada”. Macri habla de “resentimiento”, que es su forma de descalificar los reclamos de los organismos de derechos humanos, pero detrás de ese sinceramiento ideológico hay otra observación pragmática acerca de la coyuntura. Es su manera de decir que en la actualidad y desde el punto de vista de su proyecto, los derechos humanos son “pianta votos”. No sólo está en contra de las políticas activas de derechos humanos. Además las evalúa como deficitarias.

Se hicieron y se hacen muchos análisis y especulaciones acerca de esta elección. En general se presta especial atención a que el macrismo ganó las elecciones enfrentando al candidato oficial del kirchnerismo. En cambio, se tiende a dejar de lado que Mauricio Macri derrotó a dos candidatos que representaban, cada cual a su modo, al llamado “espacio progresista”, que gobernaba la ciudad desde hace no pocos años. El macrismo derrotó al candidato oficialista, pero sobre todo, derrotó al “espacio” que gobernaba a los porteños desde el primer gobierno de Aníbal Ibarra.

El hecho de tener que hablar en términos de un “espacio progresista” - y de “la derecha” - pone en evidencia que se trata de un problema que ni siquiera tiene nombre claro, más allá de hacer referencia a la crisis de representación. Se habla de este “espacio” con la misma amplitud y la misma ambigüedad con la que se habla de “la derecha” – que como señalamos antes, a nivel nacional y hace cuatro años, tuvo su representación fragmentada.

Hoy ocurre algo semejante, y se frivoliza el análisis del problema cada vez que se habla de los enfrentamientos personales entre Lavagna/López Murphy/Menem/Porta/Macri/Blumberg, etc en vez de analizar el problema en términos de proyectos e intereses socio-económicos que no encuentran, por el momento, una formulación de síntesis.

Algo equivalente ocurre cuando se trata de comprender la fragmentación del “espacio progre” de la Ciudad. Si bien el enfrentamiento Telerman/Filmus resultó frustrante en términos de poder sobre el aparato estatal, el hecho es que esa frustración es una expresión electoral de las contradicciones internas reales del espacio progresista porteño. El mismo no llega a su propio punto de síntesis en cuanto a políticas de acumulación y de construcción (por lo tanto de alianzas sociales y políticas) ni lo consigue en términos de “modelo de ciudad” – lo cual en buen criollo significa con quienes y para quienes se hace política.

La tendencia a leer la coyuntura electoral al margen de la vida política propia de la ciudad, o dicho de otro modo, la predilección por analizar el fenómeno electoral desde la perspectiva de la “nacionalización de la elección”, no sólo dificulta la comprensión de lo ocurrido en el pequeño mundo de la política porteña sino que, además, impide reconocer el fracaso del llamado “espacio progre”, que desde hace años contaba a su favor con la gestión de la ciudad rica.

Es cierto, como señala un progresismo acrítico, que esos gobiernos debieron atender primero la crisis 2001/2002 y después las consecuencias políticas de la tragedia de Cromañon.

Pero también es cierto que la misma crisis debió ser enfrentada por todos los gobiernos del país. Y también lo es que ningún otro gobernador contaba con un presupuesto propio tan consistente como el de la Ciudad. Pero, podemos anotar como contra ejemplo, las mayores manifestaciones de descontento social se daban en la misma ciudad, etc. A partir de lo cual se pueden dar ejemplos y contra ejemplos hasta el infinito - lo cual confirma que se trata de situaciones complejas que no deberían simplificarse cuando se pretende atacar o defender a este o aquel dirigente, esta o aquella experiencia de gobierno.

De manera complementaria, si bien es cierto que el progresismo debió enfrentar la crisis Cromañón, también lo es que las consecuencias políticas de esa tragedia fueron atendidas desde las fortalezas y las debilidades de la construcción política del espacio progre. Fueron muy pobres los recursos políticos de ese espacio para enfrentar las miserias políticas y los oportunismos con que fue atacado.

Limitaciones y debilidades en términos de construcción política, por un lado; limitaciones y debilidades en términos de gestión, por el otro. En vez de eso, se sataniza a Macri, se analiza su estrategia de marketing, se cuestiona o reivindica la nacionalización de las elecciones según convenga, se descubre o se reitera que la sociedad porteña es “conservadora”, se llega a hablar de fascistización de los porteños... Es decir, toda una serie de argumentos más o menos ingeniosos que tienen un denominador común, a saber, que de ellos no se puede aprender nada.

La situación es extremadamente dinámica. “La derecha” tiene ante sí la posibilidad de consolidar el embrión de una fuerza política orgánica y representativa. El espacio progresista porteño, las izquierdas y el peronismo - en general el campo nacional, popular y democrático - están frente a opciones equivalentes. Habrá que ver quiénes aprovechan mejor la coyuntura que se inicia.

 

 

 

 
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