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Desde los mismos orígenes de nuestra cinematografía el documental ocupa un lugar significativo en la historia del cine nacional. La primera película argentina fue un documental médico realizado por el doctor Posadas en 1898. Vinieron después documentales "periodísticos" sobre fechas patrias, los "sociales" que registraron casamientos y grandes fiestas de la oligarquía, y desde los años veinte los primeros noticieros de aparición sistemática. El peronismo de los '40 colocó a la producción de documentales en el centro de su estrategia de comunicación.
A principios de los '60 apareció la llamada "escuela documental de Santa Fe", que funcionó como referencia obligada para el cine militante, mayoritaria pero no exclusivamente documental, tanto de identidad peronista (grupos "Cine Liberación" y "Realizadores de Mayo") como de identidad marxista (grupo "Cine de la Base "). La dictadura militar persiguió con tenacidad a los protagonistas del cine militante, muchos de los cuales fueron desaparecidos, asesinados, encarcelados o empujados al exilio.
Los ochenta estuvieron dominados por documentales sobre la guerra de Malvinas (como Malvinas, historia de traiciones de Jorge Denti), derechos humanos (como Juan como si nada hubiera sucedido de Carlos Echeverría, que no tuvo estreno comercial pero que se transformó en una referencia de culto) y político-históricos como La República Perdida de Miguel Pérez. Pero al mismo tiempo la tecnología abría espacios y posibilidades de producción y exhibición que cambiaron para siempre la historia del género. Primero el video, después los sistemas digitales, dieron respaldo técnico a una verdadera explosión de documentales a partir de principios de los años '90.
Esta tendencia se intensificó a partir de la crisis de diciembre 2001. Grupos de cine independientes y otros enrolados en movimientos político-sociales, jóvenes realizadores y también directores con trayectoria en el género, producen y realizan docenas de documentales por año. En algunos casos se trata de producciones ambiciosas que responden a un proyecto estético-ideológico elaborado. En otros, las prácticas cámaras digitales se limitan al registro audiovisual de los conflictos político-sociales de la coyuntura.
Dentro de este panorama irregular y heterogéneo, aparecieron notables documentales que recuperan para nosotros situaciones y personajes del pasado reciente. Así, a modo de ejemplo, Trelew (Mariana Arruti, 2003), Paco Urondo, la palabra justa (Daniel Desaloms, 2004), Los perros (Adrián Jaime, 2004) o Los Rubios (Albertina Carri, 2003).
Hay otros personajes, otras situaciones, enormes posibilidades todavía pendientes en manos de los nuevos documentalistas que sacuden las pantallas nacionales. María Seoane y Carlos Castro se hicieron cargo de una de esas alternativas pendientes y se sumaron a la serie de los documentales perdurables. El 25 de mayo estrenaron Gelbard, historia secreta del último burgués nacional .
Provocativa desde el título, Gelbard ... articula ingredientes infrecuentes: una investigación consistente (tomada del libro de Seoane, El burgués maldito , Sudamericana, 2005), creatividad, calidad técnica y una buena cantidad de incitaciones al debate político-ideológico sobre los años '70.
La falsa, atrevida y verosímil voz en off de Gelbard abre y cierra el repaso de la vida de un judío inmigrante sin estudios, que fue elegido por Perón como el principal aliado de los trabajadores peronistas (léase CGT, José I. Rucci) para reformar el capitalismo argentino en los años '70. Los realizadores desarrollan con claridad - pero sin didactismo - la parábola aparentemente paradojal de Gelbard, la que va de su militancia empresaria en el interior del país y su militancia en el PC argentino, hasta instalarlo en el centro mismo del escenario político como Ministro de Economía de Perón en 1973 / 74. De ese modo la película propone - de hecho - retomar algunos debates de la época a la luz de los debates del presente, en torno a un dirigente que se abrió a los mercados socialistas de la época pero que terminó exiliado en los Estados Unidos.
Por caso, el interrogante acerca de cuál debió ser la política de alianzas de las fuerzas combativas de los setenta, dada la existencia del enfrentamiento Gelbard-López Rega. Bastaría como respuesta recordar que Perón siempre ponía huevos en varias canastas? O sería esa, en realidad, apenas una forma elegante de eludir la discusión sobre las políticas propias? Y más aún, vistas las cosas según la coyuntura presente: acaso la tensión Gelbard-López Rega no expresaba un conflicto de clases en el nivel de la lucha política y del enfrentamiento entre los proyectos económicos que se arbitraban entonces? No es ocioso en estos años recordar que después de la muerte de Perón y de la expulsión de Gelbard del ministerio, vinieron Celestino Rodrigo y el comienzo del fracaso del gobierno popular.
La película empieza y termina en la Cuba socialista, pero los recursos estilísticos de la realización hacen que la apertura y el cierre de la propuesta cinematográfica resulte antes una sugerencia que una conclusión terminante. Agazapada en la memoria de los setenta, la figura de Gelbard aparece polémica y contradictoria, sostiene interrogantes acerca de problemas vigentes desde hace décadas, como el rol del estado en el capitalismo dependiente, las posibilidades de existencia económicamente real de una burguesía nacional o las políticas de largo plazo de las fuerzas populares.
El documental no propone una apología del vendedor de corbatas convertido en líder de los empresarios nacionales que soñaban con discutirle el poder a la gran burguesía. Más bien propone abrir nuevas y mejores reflexiones acerca de personajes y coyunturas irrepetibles pero luminosas. El relato audiovisual es ágil, acude a los recursos que el género y la tecnología ponen a su alcance y, de ese modo, la articulación entre materiales de archivo y testimonios fluye a la vez con sugestión y reflexión.
Tal vez el mérito mayor de este documental consiste en las enormes posibilidades de debate que propone, apenas el espectador sale de la sala y llega al café de la esquina - ese momento en el cual se define si la película quedará definitivamente enterrada en la memoria del público, o si habilita un futuro de diálogo entre el espectador y la obra. Gelbard ... es la clase de documental que se instala en la memoria del público como un espacio de intercambio y polémica entre lo que soñamos y lo que tenemos.
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