La economía mundial va transformando a los países emergentes en semi-potencias. El crecimiento de Brasil, Rusia, India y China (BRICS) en los últimos 20 años ha sido exponencial en relación con la antigua división entre Centro y Periferia de las relaciones económicas internacionales.
Las tasas de crecimiento de los productos brutos de estos países supera el 5% anual de forma permanente y en algunos casos, supera el 10% en los últimos 10 años. Con cambios muy trascendentales en infraestructura, en la consolidación de los procesos de urbanización e industrialización, en cambios en las normas de consumo y en el acceso al sistema de reproducción capitalista.
Al mismo tiempo la conformación de las negociaciones políticas internacionales los coloca en un papel de disputa del poder tanto en lo institucional como en la praxis concreta de las situaciones de disputa y confrontación.
Las crisis ciclotímicas del mundo moderno asumen un carácter político y económico en el que la articulación circunstancial de estos países se va convirtiendo en una red de toma de decisiones que pone en discusión la hegemonía tradicional.
El grupo de los 20 y las Naciones Unidas, así como la Organización Mundial de Comercio, las discusiones sobre el cambio climático global y los conflictos en nombre de la democracia en diferentes regiones del mundo tienen cada vez más una presencia significativa de los BRICs.
La influencia de estos países y de sus propias regiones de influencia esta aportando a una regionalización de las relaciones internacionales que lleva hacia el multilateralismo en la toma de las decisiones en el poder mundial.
En ese contexto los artículos sobre la mirada de Rusia que reproducimos en este número tienen que poder aportar a la interpretación de la coyuntura internacional con la perspectiva de cómo se rediseña el mapa de las relaciones económicas en el mediano y largo plazo.
BRICS y orden mundial: ¿una evolución posible?
Por Fiódor Lukiánov
Fuente: Rusia Hoy
Cada cumbre del BRICS genera en Occidente comentarios similares. Lo primero es el menosprecio: una organización artificial, que no tiene futuro por cuanto los países que la integran prácticamente no tienen punto de unión. Lo segundo es la alarma: sus participantes se contraponen con Norteamérica y por lo tanto hay que observarlos para no permitir un daño a los intereses norteamericanos. Uno con el otro se contradicen en algo, porque ¿si esto es simplemente una ficción, de qué hay que temerle?
Luego de la crisis financiera mundial provoca la especial incomprensión de los comentaristas occidentales la presencia de Rusia en los BRICS. ¿Qué tiene que hacer entre los “líderes del futuro” un Estado proveedor de commodities con perspectivas de modernización poco claras? Rusia, realmente, se margina del rango general. No sólo por los tiempos de crecimiento que notoriamente ceden ante los chinos o los indios. Es más importante señalar que los problemas que afronta el país son totalmente distintos a los que hasta ahora intentan superar los restantes miembros del BRICS. Ellos, pese a la impresionante dinámica, siguen siendo países en desarrollo. Rusia, en cambio, es un país desarrollado, que atravesó una caída y una degradación sin precedentes y ahora intenta restablecer posiciones. En algo las tareas coinciden y en algo son contrapuestas.
A propósito, esta discusión sería legítima si se tratara de economía, en el caso de los BRICS. Sin embargo es evidente que para los países miembros este formato tiene, antes que nada, un contenido político. Esto refleja la necesidad objetiva de una construcción mundial más diversificada y menos centrada en Occidente, en reemplazo de la que ahora se sumerge cada vez más en un callejón sin salida. En otras palabras, en el marco de los institutos que funcionan desde tiempos de la guerra fría, no es posible obtener respuestas a los multiplicados problemas de la contemporaneidad. Pero como no han aparecido nuevos procedimientos, los países insatisfechos con la situación intentan encontrar no tanto reemplazos sino caminos de rodeo.
La estructura mundial multipolar requiere de otros formatos que los que sirvieron al mundo bipolar. En esencia, ellos casi no han cambiado hasta ahora. No es casual que en las declaraciones de los BRICS se planteen dudas sobre la legitimidad del sistema existente. Sin embargo, no corresponde tener en cuenta la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, que refleja la distribución de fuerzas en 1945. Los actuales miembros permanentes no están dispuestos a compartir sus privilegios con nadie. Esto, por cierto, también se refiere a dos BRICS: Rusia y China. Además, no existen claros y precisos criterios por los cuales el Consejo de Seguridad debe ser reformado. Cuando se lo creó estos criterios existían: los resultados de la guerra.
En los cinco países suponen que el discurso mundial prácticamente está monopolizado por Occidente. Esto no sólo no se corresponde con la disposición de fuerzas económicas e incluso políticas, sino que sirve de escollo para encontrar resoluciones frescas que pueden aparecer sólo como resultado de la ampliación de la discusión.
Los cinco países experimentan una limitación en sus intentos por elevar su peso propio y su influencia en la arena internacional, actuando exclusivamente en el marco de las estructuras existente. Se puede decir que Brasil, Rusia, India, China y la RSA buscan fortalecer sus posiciones de negociación en el proceso de formación del futuro sistema mundial. El hecho de que ellos representen partes cada vez más significativa del planeta les otorga a sus ambiciones un peso complementario.
A Rusia, que desde 1991 todavía no adquirió una estable identidad en política internacional, la idea de los BRICS le ha caído mejor que nunca. Fue difícil hallar un formato más cómodo para, en primer lugar, corregir el vector general de la política exterior, reforzando la dirección no occidental; en segundo lugar, recordar sobre la existencia en el país de un horizonte global, que luego de la caída de la URSS se había estrechado hasta un alcance regional; en tercer lugar, subrayar la comunidad con los estados líderes en ritmos y calidad del crecimiento económico. Todo esto sobre bases de no confrontación, por cuanto todos los participantes del formato dado niegan resueltamente que construyan su organización en contra de alguien.
Los países participantes no se han formulado deseos de este tipo, tanto más que ellos están vinculados con los Estados Unidos por estrechas relaciones de interdependencia: económica (China, India y Brasil) o política (Rusia). A propósito, hayan hablado o incluso pensado lo que fuere en las capitales BRICS, por cuanto se trata de un sistema internacional cerrado, tienen razón aquellos analistas que dicen: el crecimiento de la influencia de este grupo de países puede avanzar sólo a cuenta de la reducción de la influencia de Occidente, aunque sea relativa.
Por cierto, no es un hecho el que esto esté mal si transcurre en forma evolutiva. La realidad objetiva es tal, que el mundo necesita de un nuevo balance y para establecerlo es necesario no contraponerse al auge y al crecimiento de la influencia de nuevos centros sino, por el contrario, estimularlos, atrayéndolos paralelamente al trabajo en la construcción de un nuevo sistema. Si algunos en cambio van a actuar sólo sobre la retención de privilegios y otros se ocuparán reservadamente de hacerlos tambalear, el mundo ciertamente llegará a una nueva conmoción. El siguiente orden mundial habrá de construirse después de ella. Por criterios más comprensibles (quién vencerá) pero conquistados a un precio muy caro.
BRICS: "żHabrá que ser realistas y esperar lo imposible?"
Por Borís Martýnov
Fuente: Rusia Hoy
La tercera cumbre de los países del grupo BRICS, que acaba de concluir en la isla china de Hainan, ha vuelto a exponer a la luz pública una organización que no tiene estatutos ni estructura y que, desde el punto de vista jurídico, es una organización “fantasma”.
Con todo, el “fantasma” tiene ya más de tres años, amplió el número de sus integrantes (en la cumbre de Hainan participó también Sudáfrica) y ejerce de un modo colectivo una influencia cada vez mayor a escala mundial (prueba de ello fue la votación de la resolución sobre Libia en el Consejo de Seguridad). Sin embargo, el factor clave sigue siendo el notable crecimiento económico de China, India, Brasil, Rusia y Sudáfrica, razón por la cual los expertos de Goldman Sachs, que acuñaron el acrónimo BRIC en 2001, pronosticaron que el PIB de los países “emergentes” acabaría superando al de los países del G7.
La crisis económica que ha sacudido al mundo no ha hecho sino confirmar el pronóstico y en la actualidad ya ha dejado de percibirse el grupo de los BRICS como un mero exotismo, una sopa de letras de países que han osado desafiar a los “gerifaltes” de la economía y la política mundial. Sin embargo, conviene retroceder un paso para observar el fenómeno seriamente, sin excesiva emoción. ¿Qué significa la aparición de los BRICS?
Sería absurdo pensar que a estos países gigantes les gustó tanto el pronóstico de Goldman Sachs que decidieron cumplir con las expectativas.
Recordemos que ya en 1997, el entonces primer ministro ruso Primakov sugirió la idea de formar un bloque llamado RIC (Rusia, India y China) y que a finales del siglo pasado Brasil comenzó a promover la idea de una mayor cooperación entre los países emergentes. De ahí que haya organizaciones como la OCS (Organización de Cooperación de Shangai, integrada por China, Rusia, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguizia y Tadzhikistán como miembros plenos y con India, Irán, Pakistán y Mongolia como observadores), que avala una intensa colaboración entre Rusia y China en diversos asuntos (India quiere sumarse también), o como la organización IBSA (India, Brasil, Sudáfrica), donde los grandes países del Sur trabajan para garantizar la seguridad y ayudar a los países más pobres del planeta. Todo esto demuestra que las raíces del grupo BRICS son profundas y que el potencial es aún mayor de lo que creían los expertos del mencionado banco de inversiones norteamericano.
Para no abrumarlos con cifras (a pesar de que son muy convincentes), centrémonos en los aspectos políticos. La mera aparición de organizaciones que son fantasmas jurídicos (G7, G20, BRICS) es interesante en sí misma. Pone en evidencia el desequilibrio de la política mundial y la falta de confianza que hay en las estructuras formales de cooperación internacional que dominaron la escena durante la Guerra Fría y que desde su conclusión han ido perdiendo peso. Esto se debe en gran parte a que la fuerza del derecho (en el que todavía creemos la mayoría de nosotros) no ha logrado sustituir a la “ley del más fuerte”. Los intentos del “Occidente colectivo” liderado por los EEUU para imponer al mundo sus condiciones (la creación informal del G7 no ha sido otra cosa que un intento por parte de las mayores economías del mundo de imponer sus propias reglas del juego) han fracasado, como quedó demostrado a raíz de los sucesos de Afganistán e Irak y de la crisis económica y financiera mundial. La revista The Economist lo señaló claramente cuando dijo, en un artículo publicado en 2007, que la autoridad era una materia prima que escaseaba en el mundo.
¿Qué pueden ofrecernos los BRICS? Habrá quien responda que “el tiempo lo dirá”.
Y así es, hasta cierto punto, pues la organización tiene de momento un carácter más bien futurista. Si el pronóstico se cumple, sus miembros no estarán “en plena forma” hasta las décadas de 2020 o 2030. Será entonces cuando podamos hablar.
Lo malo es que tal vez no haya tanto tiempo. Los problemas del mundo se multiplican y si bien es cierto que han sido identificados, lo que no se ha hecho es abordarlos: el déficit de autoridad conduce a ausencia de responsabilidad en la toma de decisiones. No es de extrañar que proliferen los pronósticos y las profecías y que adquieran un cierto carácter apocalíptico. ¿Habrá llegado el momento de ser proactivos?
Las decisiones tomadas en las cumbres del grupo BRIC (BRICS) de Ekaterimburgo, Brasilia y Hainan son una prueba de que sus miembros están dispuestos a descartar el modelo de desarrollo de orientación occidental (abandonando el dólar como moneda de liquidación universal, por ejemplo). Y esto quizá sea sólo el principio. ¿Será para bien? A fin de cuentas, el mundo se ha regido por este modelo de desarrollo desde hace quinientos años. En cualquier caso, el nuevo modelo merece una posibilidad.
Mientras el mundo siga dominado por una sola civilización, una sola cultura, un solo estilo de vida y una sola moralidad, el mundo multipolar será una quimera.
En tal caso, el orden de los factores no alterará el producto. Es lo que podría suceder si la política de los BRICS se limita al establecimiento de objetivos tácticos: mayor representación en el FMI y el Banco Mundial, la admisión de India y Brasil como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y la aceptación del ingreso de Rusia en la OMC, etc. De ser así, el grupo BRICS sería irrelevante.
Sin embargo, el juego sería muy distinto si los líderes de los países emergentes tuvieran la precaución de seguir comprometidos con la filosofía de múltiples civilizaciones como forma de comunicación internacional (todos y cada uno de los países del grupo BRICS son una civilización de pleno derecho). Esa es la forma en que podrán absorber los mejores aportes de aquella civilización occidental que ya haya agotado su potencial de desarrollo y contribuir a que la Humanidad supere los problemas que asolan el mundo y que cada vez son más graves. Rusia (y Brasil), como civilizaciones “limítrofes”, desempeñan un importante papel tendiendo puentes entre Oriente y Occidente, Norte y Sur. Habrá quien opine que esto es una utopía. La brecha que separa las civilizaciones y la cultura de los distintos pueblos y regiones no sólo no se acorta sino que se agranda por momentos. El lastre de los malentendidos mutuos pesa cada vez más y esto va en detrimento de una toma de decisiones conjunta. Pero siempre que la Humanidad se ha visto en la necesidad de tomar decisiones difíciles ha estado a la altura de las circunstancias. Esperemos que esta vez también sepa hacerlo.