La clase media argentina está muy preocupada por el problema de la seguridad. No es raro que eso suceda cuando al encender la televisión vemos el crimen del día (robo, toma de rehenes etc.) reproducido en todos los canales de aire que emiten desde la ciudad de Buenos Aires, una y otra vez, de modo tal que un robo termina pareciendo 5 robos. El bombardeo es constante, muchos conductores de televisión hablan casi exclusivamente de eso.
Cuando este proceso empezó a ser más notable y coincidía con largas ausencias por mi trabajo en organizaciones internacionales, me sorprendía y disgustaba este fenómeno que yo suponía una suerte de regresión “provincianita” donde la noticia policial reemplaza a la información sobre internacionales que era buena y abundante en la Argentina donde había crecido. Entendía que el largo proceso de dictadura militar había distorsionado y degradado el nivel de la prensa argentina y que los sucesos de hiperinflación en los 80 y los dramáticos sucesos de 2001 habían predispuesto a la gente a esperar lo peor, como una especie de stress post traumático colectivo. Sin embargo a medida que avanzaba la última década y los índices mostraban desarrollo y estabilidad crecientes la situación no cambiaba y por lo contrario aumentaba. Empezó a parecerme irrazonable la sensación de inseguridad, llevada por momentos al paroxismo, ya que el mero cotejo con las estadísticas de otros países permite ver que la situación no es de las peores ni mucho menos.
Poco a poco las piezas fueron encajando. Ahora muchos estamos seguros de que no es inocente esa sistemática repetición de delitos por nuestras pantallas ni el aislamiento y “aborregamiento” que se consigue al ir erradicando información importante sobre el resto del mundo. De los “países desarrollados” nos llega todo sobre moda y música pero sólo la estruendosa crisis que comenzó el año pasado ha permitido introducir alguna información sobre sus economías. Poco y nada se dice de los movimientos sociales, del racismo, de los diferentes tipos de enfrentamientos que son primera plana en otros países que tomamos como modélicos. Una joven periodista, con buena educación e inteligencia me decía con asombro que había estado en la ciudad de Brujas hace poco y nadie quería responderle cuando hablaba en francés. Por supuesto no conocía el exacerbamiento de la situación en Bélgica entre francófonos y quienes hablan flamenco, porque esas noticias las conocen pocas personas en la Argentina creada por los medios masivos y concentrados.
De todos modos no voy a extenderme demasiado en la intencionalidad de esos medios en este retaceo por un lado y exceso por otro, en la “mediocrización” de la tele y los medios masivos.
Simplemente quiero unir este “debate” sobre la inseguridad que se ha instalado en las tapas de los diarios, los titulares de los noticieros, las tertulias televisivas y domésticas etc. Con la temática de la educación y el trabajo.
La evidencia del cruce de estadísticas en los países donde se ha estudiado este tema muestra claramente que a mayor inversión educativa y en políticas sociales, menores son los índices de criminalidad. En la American University se publicó un trabajo que indica que un año más de escolaridad para los chicos que abandonaban la escuela reducía el número de asaltos y homicidios en un 30 por ciento. No es el único estudio que señala lo mismo.
Hay una correlación estadística absoluta que indica que en los niveles y países donde hay más educación y menos delincuencia violenta. La delincuencia de “guante blanco” es otro tema, que no se resuelve con mayores índices de escolaridad. Pero en países como España que ha tenido una evolución llamativa en ese campo ha quedado que cuanta más escolaridad y trabajo decente haya, menor será el nivel de robo, hurto y crímenes violentos.
Y también en ese país se ve hoy que el desempleo, en las zonas donde es más agudo, crecen las tasas de criminalidad.
Bernardo Kliksberg, el mayor especialista en pobreza de Latinoamérica, que es asesor principal de la dirección regional para América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) y asesoró en los últimos años a más de treinta países y a organismos internacionales como la Unesco, Unicef, OIT, OEA y OPS, entre otros sostiene que el único camino eficaz para bajar los índices de criminalidad es a través de políticas sociales Hay decenas de millones de jóvenes desocupados en América Latina y los jóvenes que sí están ocupados tienen condiciones mucho peores que los otros grupos de edades: ganan la mitad del sueldo que los adultos y el 68 por ciento no tiene un seguro médico. Este es un tema casi crónico en América Latina, que ya era serio en los noventa y no ha hecho más que aumentar con pocas excepciones. Era una característica distintiva de la región.
Pero, en este momento, el llamado “Mundo desarrollado” tiene también problemas crecientes de empleo. La tasa de desocupación juvenil en Europa está alrededor del 24 por ciento. Hay toda una generación a la que no se le ha dado la oportunidad de golpear la puerta siquiera para tratar de ser probado en una entrevista. En estos momentos en los Estados Unidos, por cada puesto de trabajo hay seis aspirantes y en algunas áreas como la construcción por cada puesto hay 35 aspirantes. Se habla de más de 80 millones de jóvenes desocupados. Todo eso a partir esta crisis económica, casi salvaje, que generaron los desaciertos fenomenales en la economía norteamericana y sus socios europeos. aunque el desempleo juvenil ya venía creciendo en las dos últimas décadas, cuando no se vislumbraba el colapso financiero.
En todas partes el desempleo juvenil es un elemento que acompaña al
crecimiento de la delincuencia violenta.
En Argentina de los años 90 se desmanteló el CONET,(Consejo Nacional de Educación Técnica), a cuyo cargo estaba la educación tecnológica de nivel medio y la Formación Profesional, que gozaba de gran prestigio a nivel nacional e internacional y eran de lo mejor de la educación argentina.
Me tocó encabezar como miembro ejecutivo del CONET la oposición a lo que
Orquestaba la Ministra Decibe siguiendo los planes del BID. Hubo ridículos intentos de reemplazar al formación técnica sistemática por cursos y cursetes orquestados por el súper Ministro de Economía Cavallo y los sucesivos ministros de Trabajo, esfuerzos tan efímeros como costosos e inútiles, que engrosaron nuestra deuda externa y no produjeron ninguna incorporación genuina al mercado laboral.
Las escuelas nacionales de Educación Técnica sufrieron distinta suerte de acuerdo a la jurisdicción a la que pasaron a depender pero hubo un general descenso llamativo de la calidad con la desaparición del CONET.
En época de Néstor Kirchner una ley de Educación Técnica ha tratado de revertir la situación pero es muy difícil reparar lo perdido.
La Educación Técnica, la FP y la UTN fueron creaciones de los años 40 y 50 que acercaron la Educación a las necesidades del mercado de trabajo y a la producción nacional, una relación que es siempre compleja, responde a factores difíciles de reunir y con interrelaciones variables en distintos contextos. La base de esa difícil relación siempre depende de la visibilidad de las necesidades del aparato productivo y la flexibilidad del sistema educativo para responder a esas demandas sin perder su finalidad propia como sistema, que es la formación de personas y de ciudadanos, no sólo de mano de obra o de emprendedores. El incremento de la desocupación repercute en la inserción ocupacional de las personas con distintos niveles de instrucción. La relación entre los niveles de educación de la PEA dista de ser lineal y mecánica. En Argentina de los 80 y 90 ha coincidido un incremento de los niveles de instrucción de la PEA con el aumento de la desocupación. Esto se debió sencillamente a que ésta última es resultado fundamentalmente de la relación entre oferta y demanda de trabajo y especialmente con la creación de nuevos puestos de trabajo, las variables demográficas y el incentivo para participar de forma activa. No es resultado directo de la falta de educación. Ha habido, incluso, una devaluación de credenciales (títulos secundarios o terciarios y aún universitarios) que por un lado impulsaba a la población a demandar mas educación media y superior pero por otro no resolvía el problema de ocupación.
Obviamente este no es un alegato en contra de la extensión de la educación media y superior. Además de razones ideológicas en favor de la igualdad de oportunidades tengo en cuenta que: a)Por un lado, la desocupación es mayor en los sectores sociales menos educados y b) por otro, la escuela y la universidad brindan calificaciones “sociales” (capital social) que tienen que ver con la capacidad de trabajar en grupo, de adaptarse a diversos entornos, de gestionar, de reinsertarse en un mundo cambiante. La institución educativa proporciona competencias sociales y a veces vínculos, relaciones personales muy necesarias a la hora de insertarse laboralmente.
En los últimos años se han dado pasos para recuperar esa relación. La Ley de Educación Nacional y la Ley de Educación técnico profesional, entre otros cuerpos legislativos, se orientan a un fortalecimiento del sistema educativo fomentando la actualización de los contenidos, prácticas y equipamientos. También estipulan la extensión de la jornada en el caso de la escuela primaria y vinculan más claramente la propuesta pedagógica con el mundo de la producción y el trabajo. El gobierno nacional en palabras de la presidente Cristina Fernández ha dicho reiteradamente que en este siglo y los siguientes, los recursos naturales, el capital y las nuevas tecnologías de los productos se desplazarán rápidamente alrededor del mundo pero como la gente se desplazará más lentamente que el resto, las personas especializadas serán la única ventaja comparativa perdurable.
Como dijo Robert Reich, ministro de Trabajo de Bill Clinton "Lo único que persistirá dentro de las fronteras nacionales será la población que compone un país. Los bienes fundamentales de una nación serán la capacidad y destreza de sus ciudadanos".
Cada vez es más claro que si bien la educación no produce empleos, la educación debe garantizar que todos los argentinos estén en igualdad de condiciones para acceder a ellos. Ello significa que debe ser la capacidad y no el origen socio económico el elemento principal para adjudicación de espacios en la escala ocupacional. Además la complejidad del desarrollo de las sociedades actuales exige cada vez más educación, aún para desempeñarse en los segmentos no modernos del mercado laboral. Las capacidades vinculadas al pensamiento abstracto y a la formación polivalente, la posibilidad de responder creativamente ante nuevas situaciones y, principalmente, la necesidad de aprender rápidamente nuevos roles ocupacionales, también son necesarias para que desocupados y subocupados puedan encontrar vías alternativas de integración laboral en condiciones laborales dignas.
La eliminación de la pobreza se relaciona con la creación de trabajo y el acceso a la que permita cubrir esa oferta con eficiencia a partir de una buena educación. A su vez, la existencia de trabajo digno y bien remunerado disminuye la falta de perspectivas futuras de los jóvenes y por los tanto los aleja de la delincuencia. Esta es una ecuación tan probada que resulta absurdo seguir argumentándola. Las políticas de represión., de “mano dura” para combatir la inseguridad sólo postergan, trasladan o esconden los problemas, ese camino lo marcan las experiencias de los países que se suelen tomar como modélicos. La inclusión social de los jóvenes es la única vía a largo plazo. La delincuencia ejercida por los poderosos, las estafas, los “craks” bursátiles que dejan en la ruina a millones de países no se corrigen con mejor educación, está comprobado. Exigen un cambio de paradigmas éticos compartidos. Pero la delincuencia nacida de la necesidad, de la frustración, del hacinamiento, de la falta de esperanzas se combate con trabajo y educación. No es un gran descubrimiento, es una verdad vieja que no conviene perder de vista para salir al cruce de quienes creen sólo en la represión como forma de enfrentar la inseguridad, real o inventada que parece preocupar a tantos argentinos, aunque las cifras internacionales nos muestran que, comparativamente, no hay razone para esta imágenes apocalípticos que pretenden imponernos.