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Es un monstruo grande y pisa fuerte
Por Hernán Invernizzi

 

La crisis económico-financiera que desvela al planeta es, también, una crisis de conocimiento. Y particularmente la crisis de un presunto saber socio-económico: del liberalismo en general y del neoliberalismo en particular - ideología que hegemonizó el pensamiento económico a escala universal durante las últimas décadas. Salvo excepciones, salvo núcleos aislados de pensamiento alternativo y racional, el conjunto de las ciencias sociales están impregnadas – por no decir infectadas – por este virus ideológico impuesto por el poder financiero internacional con el peso de un dogma religioso. Su rigor analítico-explicativo está a la vista.

El poder al cual esta ideología representa es colosal. A pesar de los reiterados y folklóricos anuncios de la “crisis final del capitalismo”, este poder está lejos de haberse agotado - como bien lo demuestran el “Plan Paulson” y sus ajustes posteriores, engendro aprobado por el Congreso norteamericano en beneficio de ese mismo sistema de poder. Evidencia de ello es la fabulosa transferencia del sector público al sector privado a escala planetaria – y alguien deberá pagar la factura de este traspaso descomunal de dineros estatales al circuito financiero privado, que hará excelentes negocios con la plata de los ciudadanos de los países que entran en esta dinámica.

Porque, en realidad, esta crisis provocada por la insurrección neoliberal no es otra cosa que el resultado de la estrambótica diferencia existente entre la economía real y la “economía ideal” (bonos, créditos, pases, papeles, promesas...) detrás de la cual se encuentra el sencillo problema de la teoría del valor. No hay ni la menor posibilidad racional de comprender el funcionamiento del sistema económico si no es a través de una teoría del valor de base objetiva. Y punto.

Las fuerzas progresistas y populares no tienen nada para festejar, porque como en todas estas crisis, los grandes perdedores serán los asalariados y los trabajadores en general. Y los ganadores serán algunos grupos financieros y algunos bancos, que disponen de liquidez para adquirir a precio vil porcentajes de algunas grandes empresas desvaloradas y de bancos que estén en problemas - o de bancos a los cuales sus competidores les inventarán problemas para provocar “corridas”. En los programas periodísticos de televisión de nuestro país ya están opinando varios de estos agentes bancarios disfrazados de analistas económicos.

DE LAS CONVICCIONES AL PRAGMATISMO
Salvo la Argentina – único país del mundo en el cual existe una especie de economistas y políticos inmortales - ya no queda ni un teórico liberal capaz de sostener que la mano invisible del mercado resuelve los desequilibrios del sistema. Estos economistas ahora escriben “papers” en los cuales polemizan a ver cuál de ellos descubre los argumentos más ingeniosos y ridículos para justificar su euforia estatista y nacionalizadora. El Secretario del Tesoro (Paulson) llegó al extremo de decir que hace estas cosas en contra de sus convicciones y por razones “patrióticas”. Uno se pregunta: si el intervensionismo es patriótico, entonces el liberalismo sería traición a la patria? 

Ahora, en realidad, el interés se concentra en tratar de entender quiénes y cómo podrán aprovechar mejor esta nueva crisis del capitalismo moderno – que en última instancia constituye un ajuste del sistema de acumulación.

En este sentido, el panorama internacional se presenta interesante y problemático para nuestro país. China y los países árabes productores de petróleo se mantienen a la expectativa. Éstos porque tienen lo que se dice que falta: capital y liquidez – pero la verdad es que en los mercados no falta ninguna de las dos cosas, sólo falta “confianza”. Cuando caen los precios de las acciones, alguien las está comprando, alguien está aprovechando la caída; alguien tiene mucha pero mucha plata para comprar los papeles que caen y caen.

Y China porque está agazapada a la espera de su oportunidad: en principio se trata del estado mejor posicionado frente a la crisis, porque es un gigantesco mercado de economía real en pleno crecimiento, que maneja un sistema de capitalismo de estado super-centralizado. Su peor panorama sería pasar de una tasa de crecimiento del 10 u 11% anual a una del 7%. Si bien eso significa una desaceleración importante, el hecho brutal es que China puede reprimir sin grandes costos políticos cualquier desafío popular frente a las consecuencia de la crisis – ventaja comparativa que hoy le envidia toda la derecha europea.

Rusia, como nacionalizó su sistema de exportación hace pocos meses, ya tiene en funcionamiento un modelo sui generis de articulación de lo privado con lo estatal, que le permite correr con algunas ventajas la carrera post-crisis. Su pragmatismo, su autonomía energética, su relativa autonomía financiera, su renovada vocación imperial y sus alianzas con países centro-asiáticos son sus mejores recursos para enfrentar el problema. Sufre la crisis pero está en mejores condiciones de enfrentarla que el conjunto entero de Europa.

Hasta el momento, en cambio, los países europeos no consiguen articular una política genuinamente comunitaria, lo cual da como resultado que las decisiones de unos países afectan los intereses de otros, generando así nuevas rivalidades y conflictos impensables hasta hace poco - por mucho que algunos dirigentes instan a desarrollar planes conjuntos para enfrentar el problema. En paralelo, Europa tiene un problema adicional: la crisis provoca desempleo, sobre todo en la construcción, pero la tasa de inmigración es creciente... De donde los problemas con los inmigrantes se volverán mucho más conflictivos. 

A la fecha se supone que en Estados Unidos el candidato demócrata le ganará al republicano. En términos de intereses permanentes siempre fue más o menos lo mismo, pero en términos de manejo de la coyuntura las diferencias pueden ser sustanciales. Un triunfo demócrata no desactivará el mencionado plan Paulson y su colección de enmiendas, pero probablemente propondrá un fuerte impulso productivista al sistema económico – que provocó cerca de un millón de desocupados en lo que va del año. De donde es probable que Estados Unidos vuelva su vista activamente sobre América Latina, dado que sus mercados se volverán nuevamente importantes, especialmente el brasileño.

Esto nos lleva directamente a la situación regional. América Latina volvería a ser protagonista de la política exterior norteamericana, no tanto porque Chávez los perturbe – aunque lo hace - sino porque necesitará ampliar mercados y controlar riesgos políticos. Volveríamos a encontrarnos con un apoyo norteamericano intenso a las fuerzas contrarias a los gobiernos populistas y reformistas de la región, con el objetivo de agudizar sus contradicciones internas (al estilo de cómo hicieron con el gobierno de Salvador Allende en la Chile de los años ’70).

Mientras estos gobiernos sean antiimperialistas en el discurso, pero voten lo que tienen que votar en los foros internacionales, coincidan en los grandes lineamientos estratégicos (lavado de dinero, “seguridad jurídica”, recursos naturales, energía, etc) y no afecten ciertos negocios (es decir, que no se pongan demasiado proteccionistas), todo bien. En la medida en que no atiendan las necesidades del gigante ebrio... Bueno, para las situaciones de emergencia siempre tienen en condiciones una base aérea propia en territorio de Paraguay (donde su gobierno es particularmente sensible a presiones internacionales), apuntando al núcleo geopolítico de la región, esto es, Bolivia - cuyos crispados conflictos de clase pueden conducir a enfrentamientos más graves, a pesar de la política prudente de Evo Morales y de las intervenciones interesadas de Brasil .

Frente a esta dinámica, la clave será la política que desarrolle el Brasil de Lula, principal foco de interés de los Estados Unidos en nuestro continente. La euforia del éxito del modelo brasileño actual cruje desde algunas de sus bases estratégicas. Por caída de precios internacionales o por restricciones crediticias generales, los proyectos de explotación petrolera off shore y los de protección eco-ambiental van a sufrir limitaciones; su crecimiento industrial y su potencia exportadora no podrá sostener el ritmo actual, lo cual podría resquebrajar el apoyo de las fuerzas sociales que hoy están con Lula y su alianza. El mercado de consumo brasileño probablemente sufrirá una agresiva política exportadora desde Estados Unidos. Y sea cual fuere la política que adopte la clase dirigente brasileña, cualquiera de ellas provocará mayores tensiones en el proyecto MERCOSUR, por mucho que algunos sectores dirigenciales de Argentina y Brasil apuesten al desarrollo del mismo.

EL PROBLEMA ES ECONOMICO PERO ES POLITICO
La gran ventaja comparativa de Brasil – además de su condición de cuasi potencia – es que tiene una clase dirigente que sabe abroquelarse a tiempo en defensa de sus intereses de clase. En nuestro país, en cambio, sólo lo hicieron dos veces: la generación del ’80 (que proyectó el modelo agro exportador) y en 1976 (con las consecuencias conocidas...) Hoy no se vislumbra ni la lucidez de clase de aquella generación ni la desesperación de los ’70. Mientras que las fuerzas populares, hoy por hoy, carecen de autonomía, organización y acumulación como para llevar adelante un proyecto propio. (Las extravagantes alianzas políticas alrededor del “conflicto con el campo” son la mejor prueba de ello).

De modo que Brasil no debería esperar mucho de su socio menor, Argentina, debido a la falta de madurez de clase de la burguesía local - de la cual se puede esperar cualquier cosa menos visión de mediano y largo plazo, como quedó demostrado con la coyuntura 2001, en la cual pareció que se convergía en un acuerdo de mediano aliento. Sumadas la “clase política” y la burguesía local, es de suponer que el actual gobierno tendrá más dificultades con el frente interno que con la crítica coyuntura internacional – lo cual queda demostrado con el manejo de la Resolución 125, que unos no pudieron promover y que los otros, a puro oportunismo, no quisieron modificar.

La capacidad de respuesta a la situación no depende fundamentalmente de la llamada “solidez del sistema” o de que los bancos estén sentados sobre una importante liquidez – aspectos técnicos indudablemente relevantes pero no estratégicos. Es la crisis de representatividad el eje alrededor del cual se organiza la capacidad o incapacidad de respuesta local al colapso económico internacional. Esta crisis tiene varios años de acumulación y se agudizó en los últimos meses por el debilitamiento del liderazgo de la Presidente, últimamente alejada de los sectores medios de la sociedad - cuya alianza es necesaria para quien pretenda enfrentar la coyuntura con éxito.

No obstante – y al menos en términos tácticos – la medida más racional ya fue puesta en marcha: hablar poco de la crisis internacional es la mejor política posible frente a una clase media que entra en pánico ante cualquier titular de Clarín o La Nación, o frente al club de los ahorristas, que corre a retirar sus depósitos del sistema bancario frente al menor rumor que circula entre los choferes de taxis o, lo que es peor, ante el más irracional comentario de un economista en un programa de TV. Sobre todo cuando los sectores medios – ahora más preocupados por sus ahorros que por la rentabilidad “del campo” – celebran otro aquelarre de su gorilismo atávico.

El crédito ya era caro en nuestro país. Los precios internacionales de las exportaciones están en baja. Nuestra industria es históricamente ineficiente y no competitiva. La inflación ni es tan baja como pretende el Indec ni tan alta como pretenden desde la oposición – que ha conseguido el milagro de ponerse a la derecha económica del FMI... La recaudación fiscal, por lo tanto, será menor.

En tales condiciones es obvio que se producirán reclamos desde los sectores populares. El Ministerio de Trabajo deberá tensar al máximo los límites de la alianza entre el gobierno y la CGT, que en este caso equivale a la alianza transitoria entre el capital y el trabajo bajo las condiciones post 2001. Bajo esas condiciones hasta ahora la puja salarial se resolvió “políticamente”. Habrá que ver si la pueden seguir resolviendo de la misma manera bajo las actuales condiciones internacionales. Parece poco probable.

Frente a este panorama, la “oposición” (de alguna manera hay que llamar a las fuerzas políticas que no están de acuerdo con el gobierno...) no tiene mejor idea que apostar al “fenómeno Cobos” o imaginar alianzas electorales anti-K, reeditando como farsa la tragedia de la Alianza – aquella que en nombre del progresismo llevó a De la Rúa, el grupo sushi y Cavallo al gobierno, para terminar unos en helicóptero, algunos en limusina y otros en el ostracismo, mientras los deudos velaban a más de 30 muertos asesinados en las jornadas de diciembre 2001. Macri, por su parte, pretende convertir a su fracaso en la gestión en un éxito de marketing, y sueña sueños peronistas como antes lo hicieron Vandor, Matera, Rodríguez Saa, Bordón o el Chacho Álvarez.

Hasta hace unas semanas, las fuerzas en el gobierno podían creer que a partir de la crisis con “el campo”, al menos había quedado delimitado quiénes estaban de un lado y quiénes del otro. Esto es, quiénes somos “nosotros”, quiénes son “ellos” (único saldo más o menos positivo de aquella confrontación). Pero ahora ni siquiera eso. Porque para todos, ahora, (“nosotros” + “ellos”) se ha venido a instalar el poder real para decirles “señores, acá estoy yo, otra vez, y tengo hambre”. Ese apetito no se enfrenta sólo con superávit fiscal y prudencia en el discurso. Hace falta algo más.



 

 
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