Si definimos la comunicación como el medio para relacionarnos entre los seres vivos y aceptamos que las formas de comunicación pueden ser desde la polinización hasta la web2 y los blogs, es lógico admitir que el manejo (no la manipulación) de datos, las células mínimas de la comunicación, se convierte en el modo más sofisticado y pleno de interactuar con la realidad y el desarrollo de las formaciones socio-políticas.
EL hermetismo medieval de este manejo, cuando “el saber” era acopiado y celosamente resguardado en las entrañas de los gremios, era un dispositivo natural que permitía esa interacción dentro de las fronteras de sectores sociales perfectamente definidos por sus intereses y por sus hábitos. El resto de la comunidad social (burgos, feudos, comarcas o reinos) no sólo no se enteraba de estos datos, sino que aceptaba el carácter cuasi mágico del dominio que sobre los mismos ejercían los “maese” gremiales.
Desde el zapatero remendón hasta Antoni Stradivari.
El avance de los medios de producción tornó irremediable la ampliación de las relaciones entre los diferentes sectores productivos, una de cuyas principales manifestaciones ha sido el mercado. La aparición del dinero debe ser tomada, sin ninguna duda, como una magnífica síntesis de esta ampliación. Los códigos de intercambio encerrados en el concepto “dinero”, aceptados universalmente, permitieron acceder con gran simpleza a la percepción de los valores de cambio y, por consiguiente, a la información sobre integración de costos y necesidades de recursos.
A partir de ese momento, la información se convirtió en elemento primordial y primario de toda actividad humana. Pues el concepto debe comprender, en su calidad de transmisión de datos, inclusive el adiestramiento y entrenamiento cultural. Ella es la base y punto de partida para la asunción y puesta en práctica de todas y cualesquiera posición, conducta y actividad del ser humano.
En los centenares de años que tiene el proceso informativo como método organizado y organizativo de cognoscimiento (es decir la integración conciente del conocimiento), y hasta ahora siempre se ha evidenciado como un instrumento de manipulación del ser social en beneficio de los intereses de la clase dominante.
La capacidad financiera necesaria para montar un medio informativo y mantenerlo vigente ha sido la constante que determinó la subordinación de la información a esos intereses. Es imposible por tanto hablar de objetividad en la información cuando ese proceso está integrado y es parte fundamental de la política de sojuzgamiento de una clase sobre las demás.
La objetividad informativa sólo es posible cuando las fuentes suministradoras superan los filtros impuestos por esa política y desbordan los cauces que intermedian entre ellas y la comunidad social. Sin obstar el grado de verosimilitud y el carácter fehaciente que ostenten. Porque esa medición será inevitablemente cumplimentada por el propio receptor de la información, en capacidad –en tales circunstancias- de cotejar esas fuentes.
En la actualidad, pretender controlar esos cauces y peor aún, impedir los desbordes, es una tarea absurda. El avance arrollador y masivo de la Revolución Informática es de tal calidad que los formadores de opinión pública no alcanzan a modelar nuevos patrones para continuar siendo eso, formadores de opinión pública. Un eufemismo que oculta sus verdaderas intenciones de intermediación entre la información y la comunidad social.
Por lo tanto, de nada sirve subirse a una tribuna a improvisar patéticas y encendidas proclamas, sin importar el mayor o menor grado “revolucionario” que ellas ostenten.
En épocas pasadas, el tribuno era precisamente eso: el intermediario. El que podía interpretar “a gusto del consumidor” tal o cual información. La sociedad estaba a merced del voluntarismo, del subjetivismo e incluso del estado de salud y de ánimo del interpretador. Como en un concierto, donde de acuerdo con el intérprete (solista, conjunto orquestal o director) el público goza más o menos de la composición musical. Quien no conozca el oboe no podrá nunca incidir en la interpretación de alguna obra de Mozart o de Schumann para ese complejísimo instrumento. La batuta del director dibuja movimientos que, en realidad, son signos codificados entre “iniciados”.
Hoy el individuo accede a avenidas informáticas que abarcan absolutamente todos los campos, incluyendo la interpretación electrónica de esos complejos instrumentos. De modo que la interpretación de la realidad, de los fenómenos que la atraviesan, la interactúan y la “ejecutan” es ahora accesible para quien ostente un determinado nivel de instrucción cultural que se adquiere fácilmente en los niveles obligatorios de educación. Sin necesidad de recurrir a intermediarios para su cognoscimiento.
Si determinamos como premisa básica que la política es, precisamente, el arte de asumir la realidad tal cual es, presentarla ante la comunidad social y luego procesarla en función de lo que esa comunidad social se plantea como objetivo, quien se dedique a ella (a la política) como medio de vida, como profesión, está obligado a actuar en concordancia con estos nuevos parámetros de la profesión.
Pues la política ha dejado de ser un arte hace mucho tiempo. Desde que la comunidad social se convirtió en un fenómeno de conducta masiva donde el movimiento se genera por la interacción de sus distintas clases sociales componentes. Clases que se excluyen y se “incluyen”, que son autónomas e interdependientes, cuyos objetivos son antagónicos y, al mismo tiempo, imposibles de lograr si no se entrelazan y se condicionan.
Para comprender este movimiento dialéctico que cada vez es más complejo y al mismo tiempo más dinámico, la profesión política debe munirse de herramientas de análisis y toma de decisión apropiadas a las circunstancias. Herramientas que por definición son coyunturales, que varían de acuerdo incluso con los humores sociales pero que mantienen una constante: son herramientas. Instrumentos sería más apropiado ya que se trata de “instrumentar” esos humores para canalizarlos hacia el acceso a las nuevas fronteras socio-económicas que plantea el desarrollo de las fuerzas productivas.
La fina línea de que delimita la profesión política de la política mediática tiene, además de ser fina, otra característica: es infranqueable. Aquel que pretenda mezclar ambos campos: el mediático y el político, o que intente incidir sobre el otro o, lo que es peor, dictar sus exigencias terminará indefectiblemente en el error. La velocidad informática actual casi no admite tiempos extras para enmendar errores y mucho menos si estos son productos de arrebatos voluntaristas.
Los viejos maestros del periodismo enseñaban a sangre y sudor que el periodista no es protagonista de la noticia. El periodista heredó del cronista medieval el hábito de transmitir la información sobre lo ocurrido. El cronista ha sido un compilador con voluntad de veracidad, de los hechos ocurridos. La generación y consolidación del hecho periodístico como negocio, producidas como consecuencia de la aparición de nuevos medios de producción periodística, condujeron a la apropiación de ese negocio por parte de grandes grupos transnacionales.
Estos grupos, para imponer sus productos, necesitaron imponer sus marcas. En el mercado mediático (un neologismo siniestro que oculta el verdadero sentido del mercado de la comunicación) esto se logra por dos vías: la instalación permanente y continua del producto ante el consumidor y la imposición de “caras” como identificación de confiabilidad. Pues el consumidor, a diferencia de otros mercados, en este mercado de la comunicación no tiene elemento alguno para asegurarse la compra de un producto confiable. Como decían aquellos viejos maestros, “vendemos humo”.
Ambas direcciones de trabajo son de alto costo pero también de alta rentabilidad. Algo que sólo pueden desarrollar los más potentes grupos económicos. En muchos casos, el alto riesgo de inversión ha sido solventado por el bastardeo de la tarea informativa, su suplantación por esas “caras” a las que muy rápido se les adhirió el marbete de “bonitas”. De ahí a la prostitución mediática sólo medió un paso.
Sin embargo, la propia dialéctica que emana de los avances en los medios de producción ha hecho que la contradicción entre los altos costos y la necesidad de permanencia para lograr la alta rentabilidad derivara hacia la optimización de los recursos, la aparición de medios e instrumentos de producción de elevado contenido tecnológico, bajo costo y relativamente fácil acceso.
De modo que a la fecha, la comunidad social está en condiciones de desbordar por infinitos e imponderables vías los cauces comunicacionales establecidos por aquellos grandes grupos económicos ahora denominados, para mayor enmascaramiento, “multimedias”.
La percepción informativa hoy se desagrega de los medios tradicionales para utilizar esos numerosos recursos “no contabilizados”. Y aunque se hagan todos los esfuerzos para meterlos en cuadro, encajarlos en leyes y resoluciones variopintas, esos recursos siguen fluyendo por los vasos comunicantes de la comunidad social.
La transmisión informativa “espontánea” (nombre que no es apropiado ya que se trata de actos voluntarios y determinados ejercidos por los individuos de esa comunidad social) tiene un inconveniente que le impide la objetividad en cada uno de sus mensajes, y obliga a buscarla en un conjunto de ellos. No es procesada. No es tamizada a través del cotejo previo. No tiene archivo. No tiene hilo. Las crónicas antiguas eran herencias. Hoy, estas crónicas espontáneas sólo se conectan si al final de la recepción alguien hace la síntesis.
Por lo tanto, el estado de ánimo, la opinión que generan, están absolutamente teñidos de subjetivismo. No están en condiciones de competir con la ordenada tarea de los “multimedias” que, como un general en operaciones, ordenan las acciones tácticas a realizar por cada destacamento (radio, TV, gráfica, audiovisuales, etc.) en función de una estrategia que establece, claro, el grupo económico de pertenencia.
La realidad ha creado, a lo largo del último siglo, la figura del político profesional o, si se prefiere, del profesional de la política. Es una figura central en el desarrollo de la sociedad contemporánea. Se trata de un líder que asume la responsabilidad de presentar en su ámbito un análisis cierto y valedero de la realidad y exponer propuestas para asimilarla y superarla. Las exigencias son cada vez mayores y cada vez más alejadas de la intriga palaciega. Ahora, el político profesional está obligado a conectarse de una manera plena y directa con la realidad e interactuarla. Algo que sólo logrará si tiene elementos aptos para captar el torrente informativo general y procesarlo.
El profesional de la política tiene que tomar conciencia cotidiana de esta realidad informática y actuar permanentemente en consecuencia. Comprender, antes que nada, que toda su actividad, su vigencia, su vida, su pensamiento y su historia están a la vista y pueden ser comparados con otros o consigo mismo en cualquier momento. Debe asumir su obligación de compenetrarse de aquella realidad informática y de aprehender los medios que la generan y la interactúan. Va más allá de tener o no tener vida personal. Su vida personal es compartida por todo el mercado consumidor: sus votantes y sus enemigos.
El primer requisito es la transparencia y la franqueza de sus acciones. Sean o no simpáticas para ese mercado. Esta actitud –que lleva implícita la capacidad de autocrítica- es la que permite traspasar la barrera y convertirse en un producto mediático confiable. Cuando la comunidad social reconoce en un profesional de la política a un individuo capaz de evadirse del circo mediático y convertirse en un verdadero intérprete de sus problemas y aspiraciones, la confiabilidad está asegurada.
El segundo requisito es tener un vínculo permanente con esa comunidad. Esto significa, antes que nada, un elemento de comunicación reconocible y aceptable. El vocero de la Casa Blanca. El secretario de prensa del Kemlin. Gente de carne y hueso que tenga la relación necesaria con el periodismo. Que sepa cómo se trabaja en las redacciones. Que entienda la mecánica de los nuevos medios de difusión. Pero además, que sea recibida en la comunidad social como fuente inmejorable. “Lo dijo fulano” y eso alcanza para desatar la guerra en Irak y que sea aprobada por esa comunidad.
El tercer requisito es tener acceso directo y profesional a esas nuevas redes sociales que se generan por doquier y que son más efectivas y eficientes en cuanto a formación de opinión que los grandes medios periodísticos. Existen planes y programas específicos para este fin, que pueden ser presentados como modelos listos para la acción.
Pero, por cierto, ninguno de estos requisitos es justificable sin una plataforma conceptual, ideológica y, por ende, política, coherente y homogénea. Esa plataforma debe ser explicitada constantemente, por lo que estará expuesta a todos los focos y, por lo tanto, justificar siempre su coherencia y homogeneidad. A partir de esa plataforma (y de su justificación constante) es que deben ser explicados los pasos de gobierno o, en un modo más general, las conductas políticas.
Existe un costado mucho más importante que la simple justificación. Es el que debe proveer a toda la estructura que rodea al político profesional de los argumentos necesarios para intervenir en los debates y convencer a sus interlocutores. Es más, para provocar ese debate ya que la actitud debe ser siempre estratégica y no simplemente táctica.
La comunicación debe, pues, convertirse en herramienta fundamental de trabajo para el político profesional. Es algo más que la lectura de los medios. Es algo más que escribir un texto. Y también algo más que subirse a un podio. Se trata de tomar los elementos que componen los procesos formadores de la realidad, analizarlos, sintetizarlos, darles una coherencia y presentarlos en forma de propuestas ante la comunidad social para que los diferentes sectores que la integran expresen su opinión y sus intereses.
El siguiente paso es retomar ese material enriquecido por la respuesta social y transformarlo en normas de conducta. De gobierno si está en el poder. De debate si forma parte de la oposición.
El juego democrático, como toda manifestación del desarrollo social, es un factor cada vez más participable y, por lo tanto, más complejo. Diverso y simple. Profundo y extenso. Sólo la aplicación analítica del dirigente político a las multifacéticas expresiones de la realidad, ahora viabilizadas por infinitos canales, permitirá nuevamente armonizar la relación entre los sectores de la comunidad social e interpretar los cambios en los modos de producción para volcarlos en nuevos moldes socio-económicos.