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En el mundo pasan cosas
Por Hernán Invernizzi


Pasan cosas en América latina.

Buena parte del mundo se han llenado de “cubanólogos”. Ex presidentes de cualquier país, presidentes en ejercicio, candidatos a presidentes, políticos en actividad (o retirados en empresas privadas), economistas de los organismos internacionales, periodistas que buscan datos en Google y que alguna vez tomaron sol en Varadero, ex agentes de la CIA, columnistas de medios prestigiosos, cubanos nacidos en Estados Unidos y cubanos que viven en Miami hace 40 años, lobbistas de grandes capitales trasnacionales, cualquiera, todos, en la radio, en la TV y en los medios gráficos (ni qué decir internet...), cientos de expertos en historia, política, economía y cultura de Cuba escriben, opinan, hacen predicciones y, por supuesto, hasta dan consejos. No sólo presumen un saber que la realidad se esmera en descalificar; además, hasta pretenden ser asesores del futuro cubano.

Todos coinciden en algo: en Cuba ha pasado algo histórico y debería ocurrir algo “más histórico todavía”. Es cierto: acaba de retirarse del poder formal el único enemigo al cual Estados Unidos no pudo derrotar ni doblegar durante los últimos 50 años. Eso, sin dudas, es un hecho histórico. Pero agregan que debería ocurrir algo todavía más histórico: “la derrota” de la revolución. Porque cuando dicen que todavía faltan los “grandes cambios”, en realidad están diciendo que no quieren perderse el espectáculo de la derrota cubana.

Pero Cuba no es de los que ceden fácil. Menos una cosa, sus enemigos hicieron de todo: trataron de asesinar a Fidel no se sabe cuántas (muchas) veces, desataron campañas de sabotajes, les impusieron el peor bloqueo económico del siglo veinte, les mandaron la invasión de Playa Girón, financiaron grupos opositores, trataron de aislarla en los foros internacionales, presionaron y chantajearon a sus aliados (y a los neutrales), desataron y siguen desatando en su contra las más fabulosas campañas de prensa a escala planetaria, promovieron deserciones, trataron de financiar traiciones... y no lo consiguieron. Menos una cosa... hicieron de todo. Y todo les salió mal.

Invadieron países grandes y países pequeños. Mandaron sus tropas a todas partes del mundo. Pero nunca invadieron Cuba. Nunca la bombardearon. Eso es lo que nunca hicieron.

Se supone que durante el esplendor militar de la Unión Soviética no lo hicieron por temor a la represalia o para evitar una guerra mundial. Pero desde 1990 las cosas cambiaron mucho en el escenario geopolítico y tampoco lo hicieron. Los analistas políticos de moda eluden este asunto. Quizás porque no saben qué decir ante semejante escenario: bombardeamos la isla, la invadimos... y después qué?

Temen admitir que una cosa es hacer la apología de los llamados “disidentes”, y otra muy distinta sería cuestionar a un pueblo en armas dispuesto a defender su independencia a cualquier precio. Porque ese pueblo en armas en defensa de su soberanía pondría en la vidriera del ridículo a quienes sostienen que el pueblo cubano es la pobre víctima de un dictador sangriento. Hoy no está la Unión Soviética pero está el pueblo cubano. De eso no se habla. Porque un pueblo armado, unido y organizado es algo de temer.

Y pasan cosas en Europa.

Los medios también fueron inundados por el caso de la independencia de una pequeña región de los Balcanes: Kosovo, un pequeño espacio de 10.000 kilómetros cuadrados y dos millones de habitantes, con tanto desarrollo económico como la República de San Marino, pero sin los encantos turísticos del Principado de Mónaco. Más o menos la mitad de nuestra provincia de Tucumán, que tiene unos 20.000 kilómetros cuadrados.

Algunos países reconocieron la independencia de Kosovo. Otros, entre ellos la Argentina, se niegan a hacerlo. Y se discute el tema.

Imaginemos la siguiente hipótesis: provincia de Salta, la tierra de los gauchos de Guemes, retaguardia estratégica de las luchas de nuestra independencia. La misma de los valles Calchaquíes.

Como es lógico, allí viven muchas personas de origen boliviano. Supongamos que dentro de unos años se produce una intensa migración de bolivianos hacia Salta. Organizan sus centros culturales, eligen a los representantes de su comunidad... hasta que un buen día uno de sus dirigentes funda el Partido Bolisalteño por la Independencia de Saltivia (PBIS). Lógicamente el gobierno argentino se opone.

El dirigente se declara en rebeldía y organiza una fuerza guerrillera que levanta las banderas de la independencia y el socialismo para Saltivia. No le va muy bien pero consigue un fuerte impacto mediático. Atónitos, el resto de los argentinos no podemos creer lo que está pasando - pero no le prestamos demasiada atención porque nos parece un delirio. Astutos, algunos diplomáticos extranjeros evalúan cuáles serían las ventajas para ellos si se declara la independencia de un estado autónomo en el norte argentino, justo al lado de uno de los núcleos estratégicos de la geopolítica regional. Y se dan cuenta de que sería un excelente negocio tener un enclave justo ahí.

Lo demás es obvio. El dirigente saltivio pasa de guerrillero marxista a líder nacionalista. Empiezan a llegar armas, recursos financieros, apoyo en los foros internacionales, prensa... Hasta que un buen día le dicen que las condiciones ya están dadas, que si declara la independencia “nosotros te ayudamos”. Y una mañana nos enteramos por la tele que la mitad de la provincia de Salta ya no es argentina. Y lo más increíble de todo: los medios extranjeros se sorprenden porque los argentinos están enojados con los saltivios! Bueno, eso es lo que pasó en Kosovo.

Se dice que Argentina se opone a la independencia de Kosovo por el caso Malvinas. Es posible. Pero también es posible que una diplomacia medianamente racional no olvide cuáles son las tensiones presentes en lugares como, por ejemplo, las provincias orientales de Bolivia (Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija) o el norte de la isla de Chipre (donde un puñado de turcos tiene el apoyo unilateral de Turquía), sin contar el problema de Chechenia (en Rusia) y los asuntos tan complejos y trágicos todavía pendientes en la misma región balcánica en donde acaba de ser bendecido el enclave norteamericano de Kosovo.

Pasan cosas en el mundo. Sus grandes protagonistas son los pueblos. Y a veces, junto a ellos, quienes se ganaron un lugar en la historia porque demostraron ser sus legítimos dirigentes.


 

 
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